A lo largo de los siglos numerosos arquitectos, urbanistas y pensadores en general han abarcado en algún momento de su carrera el difícil problema de definir la «ciudad ideal». De hecho, la pregunta que nos surge en este momento es, ¿existe la ciudad ideal? Estos intelectuales estuvieron parte de sus vidas analizando la relación entre hombre y espacio, entre sociedad y cómo vivir la ciudad. Porque crear una buena ciudad, más que físicamente, se basa en crear buenas relaciones entre las personas que la habitan y el entorno.
Aunque la palabra utopía es bastante posterior a las ideas de Platón, apareciendo exlpícitamente por primera vez a mediados del siglo XVI, es indudable que sus propuestas relacionadas con esta problemática pueden considerarse como utopías. Platón fue un gran pensador, y como tal no se paraba únicamente a analizar un problema determinado, sino que ahondaba en cualquier tema que en su opinión fuese de interés para la sociedad de la época. De hecho, este filósofo abarca el urbanismo desde una perspectiva distinta a la que estamos acostumbrados, porque se basa principalmente en la filosofía política más que en la arquitectura propiamente dicha.
Platón desarrolla la «ciudad ideal» en base a lo expuesto en su Teoría de las Ideas. De hecho, consideraba los órdenes político y espacial como manifestaciones particulares del Uno. Él no tenía intención de formar un proyecto edificable, tangible y perfectamente delineado sino definir una serie de relaciones entre la sociedad y el espacio urbano. Y la herramienta para trazar estas relaciones era, como no, las matemáticas y la geometría, materias que para él estaban más cerca del Bien y del mundo suprasensible que de nuestro mundo terrenal, sensible.
Magnesia es una ciudad descrita en su diálogo «Leyes», siendo el ejemplo más directo del ideal urbano de Platón. No se describe al detalle su forma física, pero sí se da a entender que tiene una estructura muy racional y geométricamente jerarquizada. La estructura social y espacial se basan en la proporción 1:2:3, la cual según Platón, siguiendo la teoría antes expuesta, utilizó el Demiurgo para crear el mundo.

El centro de la ciudad funciona como un hito, un espacio común singular y unificador. Desde este centro, la ciudad se divide en doce regiones separadas por calles radiales. En cada una de estas regiones hay 420 hogares, y en el centro de cada región hay una aldea con sus correspondientes plazas y templos. El centro de la ciudad lo ocupa una ciudadela con más templos y el Ágora, el espacio común donde se forjan todas las relaciones a gran escala entre habitantes.

Hay falta de interés por la forma arquitectónica, puesto que en la Grecia de Platón había prácticamente unanimidad en cuanto a la forma y proporciones que debía tener cada tipo de edificio. Simplemente nombrando que en un sitio determinado habría un tipo de edificio concreto ya se daba por hecho que formas, dimensiones y proporciones tendría dicha edificación.
A diferencia del urbanismo actual, la organización espacial que plantea Platón es una entidad rígida y acotada, sin espacio para el cambio o la sorpresa. La unidad y el tamaño de ésta no puede superar un cierto límite, justificándolo con conceptos como el conocimiento mutuo de los habitantes o el autoabastecimiento independiente de la ciudad. Magnesia en concreto estaba planeada para una población máxima de 5.040 habitantes, resultado de aplicar la razón numérica 1:2:3 a las estructuras sociales (1x2x3x4x5x6x7 = 5.040). También influye la idea platónica de que lo finito es lo cognoscible, lo que se puede entender y en definitiva se puede controlar. El Bien y la belleza sólo se manifiesta en lo limitado.
En el urbanismo de hoy en día esta idea de limitar la ciudad es inconcebible. Nos cuesta hacernos la idea de vivir en una ciudad acotada y absolutamente cerrada en sí misma. Sin embargo, algunas ciudades actuales sí tomaron ciertas ideas físicas de esta propuesta de Platón en el momento de su concepción, como la ciudad tinerfeña de San Cristóbal de la Laguna.


