Tras lo intenso de Euskadi aparece Cantabria. Los desniveles continuos y las pistas se cambian por asfalto. El verdor sigue presente pero se nota diferente. La tónica de las etapas será situarse entre mar y monte. El cuerpo se ha adaptado a la dureza vasca y la nueva Comunidad se anda con cierta facilidad. Aunque a veces se plantean rodeos absurdos.

Últimas vistas a Euskadi desde el camino verde

Últimas vistas a Euskadi desde el camino verde|| Javier Retuerta

Cantabria es verde y azul, pero también turismo

En Cantabria se entra tras Pobeña. Unas escaleras y un camino verde hacen una transición de comunidades casi imperceptible. La A-8, la N-634 y Ontón. El primer rodeo insta a evitar la nacional. Son varios kilómetros por monte que no aportan mucho. La carretera suele ir sin tráfico excepto los domingos en que la A-8 sufre retenciones. De cualquier forma se llega a Castro Urdiales, pegado a los acantilados si se eligió seguir por la nacional.

Costa entre Cerdigo e Islares

Costa entre Cerdigo e Islares|| Javier Retuerta

Castro es en la práctica una colonia de Bilbao. Una bella ciudad en la línea de poblaciones como Laredo o Noja. Lugares muy turísticos y con espectaculares playas. Pero donde el peregrino no se siente demasiado integrado con el medio.

Hacia Laredo existe otra opción de continuar por nacional o rodear por monte. Si el cuerpo da, mejor hacer el rodeo. Cabe resaltar el tramo entre Cerdigo e Islares. Sus acantilados y sendas merecen relajar la marcha. Islares además ofrece la posibilidad de parar más allá de Castro y su pequeño albergue. El valle del Liendo es otra agradable sorpresa.

Terminar la etapa en Laredo esconde una trampa. Para llegar a Santoña es preciso coger un barco que inicia sus servicios a las 9 de la mañana. Los madrugadores tendrán así un problema tras 5 kilómetros de marcha. Santoña deja notar su producto estrella, las anchoas, en todo momento.

Barca a Santoña en El Puntal cantabria

Barca a Santoña en El Puntal|| Javier Retuerta

El siguiente día aguarda con múltiples escenarios. En primer lugar las marismas de Santoña y Noja. Después la enorme cárcel de El Dueso. Tras ello espera El Brusco, que ofrece espectaculares vistas y un ascenso y descenso brutal. Antes de Noja se recorre su interminable playa. La escena recuerda a la película «El planeta de los simios». La playa da paso a paisajes rurales, como siempre por asfalto. Antes de Güemes se pasa por Bareyo. Allí se encuentra la iglesia románica de Sta. Mª de Bareyo. El problema radica en llegar por la mañana y que la señora que tiene las llaves no quiera abrir.

Playa de Noja cantabria

Playa de Noja|| Javier Retuerta

Medievo e indianos

Güemes es una parada casi obligada por su albergue. El padre Ernesto lo dirige. Un cura obrero muy involucrado en la zona y que ha visitado medio planeta. El albergue puede parecer una maravilla, un remanso de paz o algo similar a una secta. El hecho es que por donativo, y escuchar un discurso, se tiene cama, comida, cena y desayuno.

La etapa a Santander es recomendable realizarla por la costa. Solo quince kilómetros andando y cinco en barco. Una opción buena es comer en la agradable ciudad y seguir hasta Sta. Cruz de Bezana. Son caminos tediosos que llevan la paciencia al límite. El premio es Santillana del Mar y, un día después, Comillas. Ambas son muy turísticas. Santillana retrotrae a la edad media. Incluso a la prehistoria en Altamira. 

cementerio comillas lemiaunoir cantabria

Cementerio de Comillas | Javier Retuerta

Comillas esconde la obra de su primer Marqués, Antonio de López y López. El capricho de Gaudí, la capilla, su residencia y la universidad destacan sobre el conjunto indiano. También impresiona el cementerio, con el ángel en lo alto, construido sobre los restos de una iglesia.

La salida de Comillas suele significar el último día andando en Cantabria. Colombres, primera población del camino en Asturias, es el final lógico. Cantabria esconde bellos parajes. El asfalto machaca a muchos. El turismo hace de la integración con las poblaciones algo difícil. Sin embargo, los caminos entre el mar y el monte son algo que merece la pena. Así, evitar Cantabria sería un error.

Si te perdiste la primera parte, aquí la tienes: Camino del Norte 1: Euskadi, monte en vena.

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