Difícil de entender, pero es cierto; nada se pierde, sólo se transforma. Y cómo iba a adivinar yo, siendo tan joven, tan ingenuo, que una mujer puede ser parte de las leyes físico-químicas, y convertirse en algo sutil, hermoso, deseable, cuando era (a la corta edad de quince años) una penosa carita de ojos caídos, cabello descuidado y una boca siempre en silencio. Esos labios que nada decían y nunca atrajeron la atención de un beso, esa boca que yo imaginaba insípida, esos pálidos labios de una boca que se abría sólo para decir “me llamo Consuelo”.

Seis años sin verla, desde el colegio, donde nos reíamos de su soledad o simplemente la ignorábamos y mirábamos a las demás compañeras preocupadas (casi compulsivamente) por su aspecto, llegar pintadas, perfumadas, atentas a ser coquetas, preparándose para la interminable búsqueda del hombre perfecto que viera en ellas en el futuro no sólo la rigurosidad de su ingeniería estética, sino también su milagroso y tierno mundo interno. Consuelo mantenía callado su cuerpo, oculto, reacio a formarse de una vez.

Sin saberlo, mantuvo difusa su imagen y la primavera que curvó su figura, agrandó sus pechos, cortó su cabello, suavizó su piel y dio color (de pasión, de erotismo) a sus labios, llegó tarde; o mejor sea dicho, llegué tarde al despertar de la belleza, de Consuelo, y todavía no se convencen mis ojos de verla tan cambiada.

Estoy solo, tomando el enésimo vaso de ron, en un bullicioso bar al que vine a parar luego de discutir qué se yo qué cosa respecto de no sé qué problema con la Maca. El alcohol aturde y quizás tenga claro el motivo de la pelea, pero no vine a sentarme a tomar para recrear la escena amorosa conflictiva que acabo de vivir.

Vine a encontrarme con Consuelo, la compañera perdida, y mirar sin descaro sus labios pintados, húmedos, conversando sonrientes con alguien que no conozco. Con el dedo índice retrato su boca en la mesa y tomo otro trago. Las mujeres son un imperio: crecen despacio, ampliando sus dominios dependiendo de la conveniencia; logran su apogeo, mirando al cielo, estirando sus delicadas manos al sol, equilibrándose en el cénit de su desarrollo, como flores de corta vida, de suaves pétalos, de profundas raíces que absorben la savia de la tierra y sus beneficios; después, decaen con sabiduría y, manteniendo el recuerdo de la gloriosa época de frescura, se casan, se convierten en madres, en abuelas, en apacibles rincones plétoros de memoria estriados por el tiempo.

Consuelo estaba a unos cuantos metros, formando su imperio, buscando conquistar hombres que estuvieran dispuestos a convertirse en soldados para su causa. Y fue ahí cuando deslizó su mirada, un instante similar a un destello, para decirme al oído ¿ves como he exorcizado la fealdad que me cubría y ahora soy, incluso para ti, un objeto de deseo? Fumaba y bebía un trago dulce. Sus labios lejos estaban de ser insípidos. Debían saber a cigarro, a licor, a dulces años de espera.

Me topé con tres o cuatro amigos, los cuales despaché rápidamente alegando que me iba a encontrar con la Maca para discutir un asunto delicado, tú sabes, cómo no, bueno, suerte. Y se iban sin saber que estaba sosteniendo mi cabeza con la mano y jugando con la otra en la mesa no por tener un corazón roto, sino por el aletargamiento provocado por el exceso etílico y la asombrosa revelación que tenía ante mí.

Pasaron veinte, treinta, casi una hora y yo la miraba. ¿De qué conversaba con aquel tipo? El desconocido era una interferencia dentro del cuadro que ella llenaba con sus gestos: las piernas cruzadas, de tanto en tanto arreglarse el oscuro cabello ondulado, sonreír y sus dientes alineados, blancos, y yo nunca había reparado en ellos, es que en el colegio era un fantasma, un ser humano entre otros. Dios mío, un vaso más y voy hacia ella, fingiendo nostalgia por nuestro pasado escolar, una o dos anécdotas divertidas y luego al grano, a la lucha por conseguir una invitación para despejar toda duda acerca de su renacimiento.

No tengo recuerdo alguno de haber conversado con ella. ¿Entonces de qué vamos a hablar? No puedo acercarme buscando una inmediata intimidad, como tampoco puedo quedarme parado sin decir nada. Tratemos de recordar. Le iba bien en todas las materias, no sobresaliente, pero estaba metida en el mismo saco que yo, los que ocupaban la media de notas.

Leía con avidez, eso sí es un hecho. Los que leen mucho pasan por cabezotas o por solitarias almas sin nada que ofrecer más que fantasías. Supongo que le gustaba escribir, ya que andaba el día entero con un cuadernito de hojas blancas bajo el brazo, anotando poesías, ideas, dibujando. Fantaseaba y ahora debe poder decir mucho más de lo que yo podría decir. Cultivó su alma solitaria.

Yo me quedé estancado, preocupado de compartir mi alma con los demás, y el resultado es un adulto sufriendo del síndrome de Peter Pan, por clausurar mis sentimientos para que otros no lograran detectar las grietas de mi persona y terminaran conociendo las formas de hacerme daño. Consuelo, es irresistible ver cómo esa fragilidad, ahora es un rostro hermoso de despiertos ojos y un cuerpo sinuoso, impredecible como el baile del humo de cigarro que exhalas en este instante. Consuelo. Hasta tu nombre tiene algo de redención.

¿Por qué siento esta atracción hacia ti, Consuelo? Culpemos, en primera instancia al ron. Sí, el ron es definitivamente culpable. En este estado (cercano a la ebriedad, manteniendo lucidez, claro) el ruido del lugar es intenso, plano, constante estruendo, eco de conversaciones, seguido de un sentimiento fuerte de aislamiento, de soledad, solo, muy solo me siento, y mi percepción se aferra a tu presencia, te magnifica, te convierte en el centro de mi universo; todo gira en torno a ti, porque todo lo eres. Y se me arranca lo poeta, lo sensiblero y romanticón, mirándote.

Te amo, precisamente ahora creo que te amo, y que fuiste un amor dejado a la deriva, un nuevo mundo sin descubrir, un inmaculado paraíso escondido durante seis largos años. ¿Qué estarás pensando? Soy un conquistador que le dio la espalda a la historia y no dejó su huella, su marca, su signo, en tierras que denotaban prosperidad y riqueza. Qué digo, qué estoy diciendo. Otro vaso, por favor, antes de perder la valentía y la elocuencia.

Me levanto. Con esfuerzo disimulado (ya no soy ningún mocoso para andar dando señas de mi incapacidad) y termino el último vaso con lentitud, dejando a los hielos como testigos de que es realmente el último esta noche. Camino hacia la barra, chocando con la gente que se afana en impedirme llegar a tu lado, arreglando el cuello de mi camisa, pasando una mano por el pelo, tratando de enfocarme en la meta, tus labios y tú. Tres largos pasos y serán mis ojos buscando conectar con los tuyos, seguir con la comedia del casual encuentro, besar tu mejilla, aspirar tu aroma y conseguir que de tu boca brote una sonrisa.

-Hola. – No escuchas mi saludo. El rumor no te deja oírme.

-¡Hola, Consuelo!- Se me fue a los cielos el tono, pero por lo menos llamo tu atención. Me miras de arriba abajo, como si fuera un vagabundo o un loco. Yo sonrío, adolorido un poco por ahí por donde está el corazón, sin dejar de insistir.

-Soy Oscar, tu compañero de colegio. ¿No me recuerdas?- En tus pupilas tirita la memoria, luchando por recordarme. Un gesto parecido a una sonrisa asoma en tus labios, aunque podría significar incomodidad, denuesto, una infinidad de cosas. Tus labios tienen una personalidad propia.

-Sí, ahora me acuerdo. Ha pasado tanto tiempo.- Tu voz es clara, aguda, de ella yo no me acordaba.

-¿Qué cuentas, Consuelo?- En un acto deliberado de mala educación me interpongo entre Consuelo y su desconocido interlocutor.

-Nada nuevo. Te presento a Jorge, un amigo.- Me volteo, sobreactuando sorpresa, y le extiendo la mano. Qué apretón le doy, señores, a ver si se va y me deja a solas con ella.

-Te invito un trago, Consuelo, para que hablemos de los tiempos escolares. ¿Te parece?- Algo apresurada la entrada, pero qué remedio queda. Esto se ha transformado en un juego donde la apuesta es muy alta: Consuelo.

-Otro día, tal vez, Oscar. Jorge y yo ya nos íbamos.- Los dioses saben mentir también. Es una ardua tarea asemejarse a los seres humanos. Siendo Consuelo una diosa, pues perdonada estaba.

-Vamos. ¿Tantos años sin vernos y me niegas un trago? Sólo estoy pidiendo que conversemos, Consuelo.- Deja de mirarme y mira con desesperación a Jorge. ¿Qué papel interpreta él en este romance? ¿Nuestro romance pospuesto desde lejanos tiempos?

-Hey, Oscar. Ya te ha dicho ella que nos íbamos.- ¿Nos? Y éste se sigue incluyendo. En toda gran empresa siempre hay riesgos y obstáculos. No me voy a dejar intimidar por un macaco con nombre, más aún si se ve tan débil y se oye tan pusilánime.

-Mira, Jorgito, yo vine a saludar a Consuelo. Tú, si quieres, vuelves otra noche.- La lanza de la discordia directo a la estima del oponente. Consuelo, soy un hombre de guerra si eso se requiere para cruzar la tierra de nadie y caer en tus brazos. Lo siguiente, por supuesto, es revitalizar mis municiones con un beso. Y mis labios, sin aviso previo, presionan los tuyos, Consuelo, con fuerza. Siento el cigarro, el licor dulce, y tu aliento. Agridulce Consuelo.

Nadie pudo describir bien la escena. Iracundo, y con justa razón, Jorge me tomó por los hombros, aparentemente, me puso a una distancia cómoda para sus puños y me dio tres o cuatro trompadas con empeño y coraje, tirándome al suelo. Yo, revuelta la cabeza por el ron y la ira del macaco ese, salí del bar por un pasillo formado por curiosos y me senté en la acera, entre dos autos.

Un amigo que presenció los hechos me comentaba después que había oído decir a Consuelo “yo no le conozco, Jorge, ningún compañero mío se llamaba Oscar”. Yo también lo había escuchado. Me negaba. Tanto amor para darle y se desvaneció de mi vida, dejándome un beso a modo de presente. Yo no le conozco. No le conozco. Con esas palabras palpitando en mi adolorido rostro, recuerdo caminar hasta una cabina telefónica y haber llamado a la Maca para reconciliarme. En cuanto al bar, para mí ese local es un clausurado recuerdo de un amor que pudo ser, pero siempre estuvo errado.

 

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