La historia tiene un grave defecto. Suele cincelar el nombre de los triunfadores en duro mármol, pero olvida en surco de arena a aquellos que no pasan a la posteridad. Uno de los protagonistas más grandes olvidados del siglo XIX, es Carl von Clausewitz, militar prusiano y el creador del concepto «guerra total», aquella forma de poner todos los recursos de un país a la causa bélica con el objetivo de derrotar al enemigo lo antes posible. Ese esfuerzo sobrenatural por aplastar al contrario ha evolucionado a lo largo de las últimas décadas y, por suerte, nos conformamos con una guerra de bandos en el ámbito ideológico. La «campaña total», creada bajo los postulados de Patrick Caddel a finales de los años 70 de este siglo, supuso la primera constatación moderna de que todo lo que sale por los medios de comunicación tiene más valor que los idearios clásicos y los sistemas de captación de voto de los partidos políticos tradicionales. Las ideas del propio Caddel, puestas en valor para llevar a la Casa Blanca a un débil Jimmy Carter, junto con las tesis resumidas de un Sidney Blumenthal que plasmó a la perfección las campañas modernas, han impuesto un esquema del que pocos líderes políticos escapan hoy en día. Hay que obtener una mayoría diaria, todos los días, para obtener una sensación de legitimidad temporal que haga del candidato un producto presidenciable.

Los cuatro candidatos del debate electoral del TVE. / EFE / JUANJO MARTIN

En España hemos pasado de las tesis teóricas del demógrafo Pedro Arriola -el hombre que susurraba a la derecha- a la puesta en escena de cualquier tipo de acción de gobierno bajo la batuta del spin doctor cañí que es Iván Redondo -actual jefe de gabinete de Pedro Sánchez-, por lo que, el Debate Electoral (o los Debates Electorales) se han convertido es escenografías teatrales en vez de mesas de intercambio de ideas. Hasta hace pocas jornadas, el mayor problema del diálogo pactado era el número de interlocutores y el sitio de discusión. Por encima del guión o la improvisación, era necesario plasmar el escenario y los actores. Hasta aquí la crítica al formato, cuyo fondo no debe nunca cuestionarse. A gritar cada uno a su casa. A debatir en todas las plazas.

El mayor problema que tienen los debates estructurados, es la incapacidad de poder profundizar en las temáticas que se plantean, limitándose a eslóganes, frases hechas, muletillas y a mensajes enlatados en Sopa Campbell. Una vez han terminado los focos, los cuatros candidatos (o representantes) han acudido al photocall (¿?) o a las sedes de sus partidos para vanagloriarse de sus bondades, señalar las pelusas en el ojo ajeno y seguir alimentando el armamento electoral hasta unos segundos antes de llevar a sus potenciales indecisos a las urnas. Y en esta llamada a las urnas, la munición se encuentra en el plano ideológico y en el polvorín que es Cataluña. Una auténtica oportunidad perdida para poner encima de la mesa los temas que realmente preocupan al principal órgano del cuerpo humano del españolito medio: el bolsillo. El debate de RTVE, encorsetado en el formato y con los púgiles más preocupados de no bajar la guardia y evitar cometer errores, ha sido un refrito de píldoras prefabricadas que tan solo ha ratificado a propios y generado más dudas aún en extraños. Al menos, entre soliloquio y monólogo, se han escuchado pequeñas pinceladas de la economía que nos espera en la próxima legislatura. Política social versus Política económica. Todo bajo un mismo presupuesto. El circulo cuadrado, la mujer barbuda, el limón dulce y la Semana Santa de 2019 soleada.

La principal diferencia en esta política de bloques, es el eje divergente clásico sobre quién debe ser el principal actor de la economía. Mientras PSOE y Podemos abogan por anteponer al Estado como sujeto redistribuidor de la riqueza, sus antónimos, PP y Ciudadanos, proponen que la creación de empleo sea el motor de la generación de riqueza. En la mano izquierda, un aumento de los impuestos que reparta recursos para generar empleo y posterior generación de riqueza mientras que en la mano derecha, una reducción de impuestos para la creación de riqueza que dote de recursos a la creación de empleo. No hay más. Filosofía económica de barra de bar. Y en las propuestas queda totalmente claro.

Pablo Casado (PP) ha anunciado una reducción del tipo marginal máximo del IRPF por debajo del 40% (actualmente toda base liquidable general superior a 60.000€ tributa al 45%), una disminución del Impuesto de Sociedades al 20% (las empresas de nueva creación ya tributan al 15% y en la práctica las empresas tributan entre el 7,88% de las grandes empresas y el 18,78% de las PYMES) así como una eliminación de los impuestos de Sucesiones y Donaciones (vigente en toda España aunque muy bonificado en territorios conservadores), de Patrimonio (en clara decadencia en toda Europa) y de Actos Jurídicos Documentos (muy tocado de cara a la opinión pública tras las últimas sentencias en materia hipotecaria). Se puede considerar erróneo que con Pedro Sánchez se hayan destruido 6800 empleos diarios ya que, lo que está ocurriendo es una ralentización del crecimiento (1400€ diarios «solo») en comparación de las cifras de 2017 y 2018.

Pedro Sánchez (PSOE) ha sacado pecho por las medidas de amplio calado social como son la cobertura por desempleo a mayores de 52 años, las medidas de conciliación de la paternidad y ampliación a 16 semanas de baja, la cotización a cargo del estado de los familiares cuidadores no profesionales, haciendo especial énfasis a la lucha por la pobreza infantil y al desempleo juvenil. Como tótem, el aumento del Salario Mínimo Interprofesional a 900€ cuya autoría se disputa entre ambos líderes de izquierda. El líder socialista no ha mencionado ninguna medida tributaria de calado, fiándolo todo a algunos de los nuevos impuestos ya planteados al inicio del 2019. El impuesto sobre transacciones financieras y el impuesto sobre contenidos digitales. Las (mal) llamadas tasas Tobin y Google respectivamente con un impacto fiscal más que cuestionable por la experiencia de nuestros vecinos europeos. No ha superado el fact-check sobre el número de empleos dignos (de temporales a indefinidos) ya que la cifra real es algo superior a 60.000 y no los 180.000 anunciados.

Albert Rivera (C’s) ha puesto encima de la mesa algunos problemas que los principales partidos bipartidistas han dejado pasar por alto en su primera intervención como ha sido la oportunidad perdida en la última década por Rajoy (con su mayoría absoluta) de afrontar modificaciones estructurales en un contexto de superación de la última crisis económica así como mencionar la temporalidad de mercado laboral (interesante vieja propuesta del contrato único) y ponerse alrededor del otrora desnudo cuerpo del candidato, la bandera de los autónomos prometiendo entregar a este colectivo el mismo subsidio de desempleo de asalariados. En su caso, decir que Pedro Sánchez ha nombrado a 500 nuevos asesores o altos cargos, es incierta. El número de personal de libre disposición del Presidente asciende a 707, pero tan solo un 5% (36) más que lo designado por Rajoy en la legislatura previa.

Pablo Iglesias (Unidas Podemos) ha escenificado de forma sorprendente y mediática la propia Constitución Española al recitar los artículos 31 (sobre tributación y sustento del Estado), 35 (sobre trabajo y remuneraciones dignas), 50 (pensiones) y 47 vivienda como grandes carencias de la España progresista. Especial énfasis ha hecho en la devolución por parte de la banca de las ayudas entregadas al inicio de la crisis económica. Cuestionable su aseveración, ya que, las pensiones mínimas en España superan los 600€ mensuales en todos los casos salvo «Jubilación Menor de 65 años con cónyuge no a cargo» (599€/mes), «Viudedad menor de 60 años» (513,1€/mes), «Orfandad» (entre 207-407,3€/mes) y las casi extintas pensiones en favor de familiares y el antiguo sistema SOVI (previo a la actual Seguridad Social, de los años 60 del siglo pasado).

No todo van a ser discrepancias y todos los partidos, entre vuelta y giro del ventilador de heces -menos hediento que en anteriores ocasiones-, han coincidido en la ampliación de la educación por parte del estado entre los 0 y 3 años, una mejora de la Formación Profesional, un cambio de la Ley de Universidades, una serie de mejoras a la mujer ya sea en materia de natalidad o en materia de apoyo, un ataque a la precariedad laboral y un cambio -en mayor o menor medida- por una economía ambiental en el medio plazo y una tolerancia cero a la corrupción. Pocos acuerdos para los retos del futuro que se avecinan.

Entre los temas que se han echado de menos: una reflexión sobre las pensiones (más allá de incrementos porcentuales mínimos del 0,25% o indexados al IPC), una valoración sobre el déficit público (todavía en el 2,5% estructural) y sobre todo de las recientes cifras actualizadas de deuda pública (1,18 Billones de Euros y 98% sobre el PIB). Especialmente sangrante a los ojos (y al bolsillo) es que ninguno de los líderes políticos han mencionado la palabra crisis o desaceleración, principal reto económico que nos ocupa en estos momentos ya que, parte del crecimiento económico actual (en torno al 40% del 2,5% vigente) viene fruto del aumento del gasto público. También en 2008 se negó la situación económica y explotó en nuestra cara con infausto recuerdo.

¿La imagen del debate? Sin lugar a dudas, las dos mujeres de la limpieza (quizá el término más despectivo de todo el diccionario) que pasaban la mopa con mucho lustre y poca fruición en la imagen previa de RTVE, rodeada de los candidatos y sus asesores, para que quedara todo limpio de brillos y de reflejos. Siendo justos, podían haberse quedado en casa descansando ya que los políticos hubieran hecho lo mismo y con idéntico resultado, si hubieran convocado a sus correligionarios en la puerta de sus cuarteles generales. La campaña permanente es lo que tiene, una economía de megáfono.

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