En muchas ocasiones la parte prevalece sobre el todo. En otras pasa lo contrario. Y en las menos se da un todo extraordinario. Es el caso del quinto partido de las finales de la NBA de 1976, entre Boston Celtics y Phoenix Suns. Una época en que no existía el triple y las mecánicas de tiro eran extrañas. El encuentro comenzaba con un 2 a 2 en las series. Terminó con un 3-2 para los Celtics tras una triple prórroga.

Con todo, el final del segundo tiempo extra es el momento más icónico de este duelo. La situación explota todos los tópicos deportivos. “Hasta el último segundo cuenta”. “No des a un rival por vencido”. “Hay que mantener la concentración hasta el final”. Todas estas frases, que muchos entrenadores y jugadores han dicho, se cumplieron. He aquí la disección de aquellos segundos.

A 19 segundos para el final Phoenix caía por tres. Después de una canasta rápida, los Suns lograban un robo. Tras rebote ofensivo, a cuatro segundos del final, Phoenix conseguía un punto de ventaja. El Garden temía. Los poderosos Celtics estaban contra las cuerdas.

El tiempo muerto fue bueno para los orgullosos verdes. Una suspensión hacia adelante de Havlicek suponía que los Celtics recuperaban el liderazgo a falta de un segundo. Los Suns no tenían tiempos muertos, y cruzar el campo y lanzar se tornaba imposible. Sin embargo, el milagro estaba por venir. Para más inri, los aficionados célticos invadieron el campo, entre gritos que daban por hecho la victoria. Eran otros tiempos, y el partido pudo finalmente continuar. La euforia verde se tornaría, en unos instantes, en ridículo.

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Paul Westphal. || Source: Wikipedia.

En la primera prórroga, el entrenador Celtic pidió un tiempo muerto cuando ya los habían consumido todos. El castigo debió haber sido una técnica, no vista por los árbitros, que pudo haber hecho ganar a Phoenix. El destino quiso que esa misma regla sirviera a Phoenix para alcanzar lo aparentemente imposible. Su mejor jugador, Paul Westphal, en connivencia con su entrenador John MacLeod, decidió pedir tiempo muerto durante la invasión de campo. La consiguiente técnica dio dos puntos de ventaja a Boston. Y la posibilidad a Phoenix de sacar desde el centro del campo. Después, la gloria de la mano de Gar Heard.

Boston ganó el partido y las finales, con un 4-2. Pero en el recuerdo queda el ingenio de Westphal, la invasión del Garden y los tiros de Havlicek y Heard. Un partido que muchos consideran el mejor de la historia, entre ellos leyendas como Rick Barry. Unas grandes finales que supusieron el 13er título para Boston. Pero sobre todo fue un momento mágico. Un segundo en el que Boston comprobó cómo unos soles les eclipsaban. Un eclipse que, como todos, fue fugaz pero precioso.

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