Como si fuera la reproducción moderna de la fábula de Esopo, la reelección de Rajoy tras un proceso de cambio e incertidumbre en nuestro país ha sido lo más parecido al parto de los montes; parecía que se iba a acabar el mundo con más de trescientos días de desgobierno (y 500 noches  de campaña electoral) y al final, todo se ha quedado prácticamente igual. Samaniego lo hubiera  firmado de su puño y letra: “Internet barruntaba la revolución y al  final, los montes parieron un ratón, el mismo que ya había nacido previamente”.

Mariano, in pullum pectore (a lo pecho palomo), ha sabido explotar la manida fórmula del dontrancredismo patrio (nadie lo ha reflejado mejor que Pedro J. Ramirez en su carta censurada), la ausencia de movimiento como belleza política y de ver como los rivales a su paso, terminan cavando sus propias tumbas. Nada más poético que ver una investidura en el mismo fin de semana que la fiesta de todos los santos y de respeto a los difuntos. Halloween entró triunfante por la Puerta Grande del Congreso de los Diputados bajo la atenta mirada de los Leones. El vacío institucional se llenó con el sonido de los bostezos de tan simpáticos mamíferos, asombrados por semejante opulencia y por la guillotina que es el paso del tiempo político. “¡Larga gloria a nuestros caídos!” “¡Salvad al soldado Sánchez, suicidado en combate!” “¡Una loa por el finado centrismo heredado de Adolfo Suarez-Aeropuerto de Barajas!” “¡Coronas de flores para la Izquierda (des)Unida!”. El pueblo ha hablado en urnas el lenguaje de la democracia. “Viva nuestro ratón”.

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No obstante, más allá de la casmodia y suspiro de tan icónicas mascotas de nuestra Cámara Baja ante semejante panorama, los economistas vemos que todo sigue igual y que este roedor no viene precisamente  con un pan  bajo el brazo, sino con hambre, mucha hambre. España ha pasado de un nórdico 39% de Deuda sobre PIB, a un japonés 101% de compromisos futuros de pago sobre producción nacional en un plazo de tiempo minúsculo. Da igual la pintura que tiña la sangre de los Leones del Congreso, entre todos los actores, se ha conseguido saltar todas las alarmas del llamado protocolo de Déficit Excesivo de la Unión Europea. ¿Qué significa esto? Que seguimos gastando mucho más de lo que ingresamos desde que se nos dijo que no había crisis, que eran los padres allá por el año 2008. Nos permiten un 3% de desviación anual. Las mejores previsiones de este  año nos dicen que estaremos en el 4,6%. Si no fuera por la pelotita grande, los leones se echaban las zarpas a la cabeza.

La Unión Europea,  garante del acervo comunitario y de las normas que rigen el futuro de los países del Viejo Continente, es férrea y tajante en política de supervisión económica. Cuando se habla de los hombres de negro, no hay que pensar en Will Smith o en Tommy Lee Jones cazando marcianitos como si fuera un arcade de los 90. En absoluto. Hay que pensar en la Troika, esa hidra de tres cabezas conformada por el Banco Central Europeo, el Fondo Monetario Internacional y la Comisión Europea que observan de forma silenciosa (a ojos de los ciudadanos), pero efectiva (a manos de los gobiernos), la evolución de las  cuentas de los países, bajo amenaza de sanciones coercitivas (multas del 0,5% del PIB sino se cumple el déficit) o de reducción de ayudas (eliminación de fondos comunitarios si no se sigue senda de crecimiento y de reducción de deuda) entre otros caramelos. Truco o trato. Este si es el Hallowen de verdad. Susto o muerte. Besando el poste.

Sin armas ante la crisis

Los estados de forma general tienen cuatro tipos de actuaciones para cuadrar  sus cuentas públicas. En primer lugar la política fiscal (subir o bajar impuestos, crear o eliminar tributos, añadir deducciones, penalizar comportamientos…), en segundo lugar, la política monetaria (aumentar o bajar la masa monetaria, modificar los tipos de interés, aumentar la velocidad del dinero…), en tercer lugar, está la política de tipo de cambio (cambiar la paridad entre monedas, devaluar las divisas…) y, por último, la política presupuestaria (si sobra dinero en el presupuesto, ahorrar o invertir, mientras que si falta, pagar de ahorros o endeudarse).

Evidentemente, no todas están disponibles desde el palacio de la Moncloa y resto de satélites  ministeriales. La política monetaria está controlada desde el helicóptero de Mario Dragui por el Banco Central Europeo; la política de tipo de cambio no existe desde que el euro es común (recordad niños, en España existió la peseta hace menos de una generación), pensar en ahorro con una deuda igual a toda la producción nacional es simplemente ridículo y solo quedaría, de forma parcial, la política fiscal que cada vez está más encorsetada por las Directivas Europeas y el proyecto de armonización tributaria. O dicho de otra forma, estamos peleando contra McGregor en el octágono sin guantes, con una mano atada a la espalda y con una venda en los ojos.  ¿Se puede ganar? Por supuesto. ¿Dependemos de nosotros mismos? Simplemente no.

Viñeta de Sergio

Viñeta de Sergio Gallego

Mientras que en España hemos estado meses preocupados por saber quién iba a ser el próximo encargado patrio de gestionar la supervisión europea (nunca el cargo de inquilino monclovita se ha asemejado más al puesto de presidente de la Comunidad de Vecinos), nos hemos olvidado que las grandes decisiones que afectan a nuestro día a día, no se han gestado en sesudos Think Tanks dentro de la capital del reino, ni tampoco se han desarrollado en programas electorales en castellano, mucho menos es algo a decidir dentro de unas Cortes Generales del Reino de España y es ingenuo pensar que somos los únicos dueños de nuestro destino. Para nada.

La gobernanza económica no depende de Madrid, sino de Bruselas. Es cierto que Mariano, a base de ponerse de lado durante tanto tiempo haya conseguido renovar el cinturón de campeón, limpio de polvo y paja, sin apenas magulladuras en el rostro salvo el ascenso a los altares de la oposición de Pablo Iglesias durante el éxodo bíblico que le espera al PSOE en el futuro cercano. Pero eso tan solo es ganar la batalla política de Madrid, algo así como un partido de preferente de fútbol de nuestra Castilla profunda. Queda jugar en la verdadera Champions League, la de tener unas cuentas saneadas (de verdad), que se las crean (de verdad) en las instituciones europeas y de crear crecimiento económico y empleo (de verdad), más allá de parches temporales. El partido que vale la pena se juega fuera de casa y en un idioma al cual no estamos acostumbrados: el del rigor presupuestario. No solo por hacer caso a lo que nos dicen nuestros vecinos del norte (con más razón propia que crítica por nuestra parte) sino por el bienestar tributario de nuestros hijos y nietos.

Las próximas medidas para cuadrar (a martillazos) el presupuesto de 2017 y de 2018 (modificación de los pagos a cuenta del Impuesto de Sociedades, reducción de las deducciones del IS, mantenimiento del impuesto de Patrimonio, valoración de mantener los tipos actuales del IVA, reducciones a las deducciones en Renta, nuevos impuestos ambientales o vinculados a la salud, aumento de tasas y de tributos municipales, aumento de la presión inspectora y de las actas sancionadoras) tendrán un leve acento germánico (Rajoy está empezando a hablar alemán en la intimidad) mientras que nuestros queridos y simpáticos Hipómenes y Atalanta (nuestros queridos leones… para los castizos Daoiz y Velarde) están aprendiendo el nuevo lenguaje del reino: “Bonjour, nous voulons une geufre et le paquet de speculum, merci”(Buenos días,  queremos un gofre y un paquete de espéculos). Porque hace tiempo que la capital política de España no es Madrid, sino Bruselas. Incluso casi les superamos en el récord de días de desgobierno.

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