Cuando llega el final del día y no he salido de casa, salgo a pasear. Estar sin trabajo es un estado mental tan inquietante como maravilloso. Te agarras a cualquier cosa con tal de sentirte activo. Porque, a pesar de no haber hecho gran cosa durante el día, estás cansado. Pero no eres capaz de dormir. Ahí es cuando yo decido salir a la calle y meterme en mi papel de flâneur. Cuando cae la noche en esa oscuridad densa, es imposible no sentirte solo. Esa soledad no desaparece ni adentrándote en la gente. Si acaso aumenta. Y yo me siento el paseante que inspiró a Baudelaire y a Walter Benjamin. Me encierro mucho más en mí mismo cuando no hay paredes que lo hagan para seguir viéndome protegido ante todo lo que amenaza en el exterior. Disfruto de esa soledad como el que come dando la espalda al resto para que no le pidan un poco de lo que hay en su plato. Soy el niño que te deja probar su bocadillo pero a regañadientes y poniendo los dedos marcando el límite de tu mordisco. Ayer por la noche, en mi último paseo nocturno, descubrí una calle que resultó ser mi antiguo barrio en una versión reducida. Así que entré sin dudar, por curiosidad. A lo mejor en todas las ciudades había una versión diferente de mi barrio. Recorrí esa diminuta acera y me topé con una historia que me encantó. En principio solo era un portal abierto en el que se apoyaba una pareja en lo que parecía una despedida. Sus manos se entrelazaban haciendo que el espectador no supiese realmente donde empezaba la de él y acababa la de ella. Solo se les diferenciaba por la ropa completamente negra que cubría al hombre desde la camiseta hasta las zapatillas. Sus labios, emulando la misma estrategia de fusión, me hicieron apartar la vista rápidamente y continuar mi exploración modo guiri. Una cosa es ser espectador y otra voyeur. Algo cotidiano se convirtió en una historia interesante cuando, recorriendo esa misma calle en sentido contrario, ese portal seguía con la boca entreabierta. Pero ahora las dos personas que me entorpecían el paso no estaban juntas, sino muy separadas. Él hacía equilibrios en el borde de la acera como si detrás no hubiese nada. Como si caer supusiese desaparecer para siempre. Mientras, lloraba casi tímidamente. Casi, porque su voz le delataba. Ella, luciendo el mismo pijama que lucen las chicas que esperan a que su madre les llame para cenar, estaba sumida en la sombra del portal. Intentaba escuchar lo que él le decía, lo que esa figura iluminada por el blanco de la ropa en la que se escondía su cuerpo y que brillaba todavía más con la luz de la farola, intentaba explicar. Ese cambio de personaje secundario no solamente suponía un cambio de situación, también llevaba a interpretar una historia de tres personas en la que uno estaba condenado a perder. El personaje de blanco, ausente de color y fuerza, era el perdedor. El papel de antihéroe que muere en la tercera página del cómic. Pero sin nadie que vengue su derrota. El color negro había manchado la historia. Por un momento pensé en Eddie Brock, en el café que se te cae cuando acabas de hacerlo, en la mancha de aceite del coche, en el fundido del final de una película, en lo que ves cuando cierras los ojos, cuando te quedas sin batería en el móvil o te dan un balonazo en la cara. El blanco era solamente la capa de color que le das a algo que vas a pintar y luego cubres con algo más vistoso. Seguramente el hombre vestido de negro estaba en casa cenando o durmiendo mientras el de blanco lloraba y la chica moría de pena viendo como todo se puede desmoronar sin que tú lo pretendas. Me hubiera gustado que la chica hubiese ido de gris. La representación de los colores con respecto a la historia hubiese sido tan perfecta que hubiera tenido que intervenir para convencerles de que lo que estaba pasándoles era algo precioso. Estaban viviendo la historia universal, el triunfo del mal ante el bien a pequeña escala. En un trozo pequeño de acera, dentro de una versión recudida de mi barrio. El mundo a escala de entrega por fascículos en quiosco.

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