Su padre quería que fuera químico, pero Fulvio Roiter no lo tenía claro. El cine era su verdadera pasión, su primer amor. Lo sabía todo sobre el cineasta Jean Renoir y cuando leía los cuentos de Guy de Maupassant solía figurarse las escenas en clave fílmica. Una capacidad de visión y de imaginación que, años más tarde, le ayudaría a convertirse en uno de los fotógrafos italianos más prestigiosos. Pero él todavía lo ignoraba.

Fulvio Roiter nació en 1926 y se crió en Meolo, un pequeño pueblo en el norte de Italia a unos pocos kilómetros de Venecia. Su familia residía en el campo y vivía de las cosechas de la tierra. La situación económica no era de las mejores, Italia estaba en la posguerra y la comida escaseaba. La obsesión de su padre entonces era que Fulvio trabajara en unos de los polos petroquímicos más grandes del país. Una carrera asegurada según él, y un alivio para toda la familia.

El joven Roiter era buen estudiante y sacó adelante sus estudios. Así que el padre quiso hacerle un regalo especial. Se gastó seiscientas liras de entonces y le compró una Welta, una cámara fotográfica alemana. A partir de ese momento, no hubo rincón y persona del pueblo que no fotografiara. Lo hacía de forma instintiva, visceral. También sin lógica ni técnica. En una entrevista lo confirmó: «Tenía veinte años, intuía, pero no sabía explicar el porqué.» En un proceso espontáneo de acercamiento a la realidad, Roiter se enamoró de la fotografía.

Vista del bacino di San Marco al tramonto || Fulvio Roiter

Vista del bacino di San Marco al tramonto || Fulvio Roiter

Hizo un pacto con su padre: pedía un mes para viajar y decidir si sería químico o fotógrafo. Concedido. Recordaba con gran curiosidad y fascinación las palabras que Luigi Pirandello y Elio Vittorini habían dedicado a Sicilia. Así que, movido por ese sentimiento, envió su bicicleta a Palermo. Y él, cargado únicamente de su cámara y una mochila, subió en el primer tren para el sur. Pedaleó durante dos mil kilómetros y fotografió todo lo que le pareció interesante. Respecto a su región natal, Sicilia era otro mundo.

La transición de Fulvio Roiter a fotógrafo profesional

El viaje confirmó su amor por la fotografía y, sobre todo, su talento. Solo faltaba dar otro paso: enviar las fotos a Lausana, sede de la prestigiosa editorial La Guilde du Livre, especializada en fotografía y considerada “el templo sagrado de la imagen.” Tras días meditando qué hacer, Roiter venció la vergüenza y envió al editor de la revista un paquete con las fotografías sicilianas. Esa decisión cambiaría por completo la vida del joven Roiter y el rumbo de la fotografía italiana.

Fondamenta a San Barnaba, 1969 || Fulvio Roiter

Fondamenta a San Barnaba, 1969 || Fulvio Roiter

“On fait Venise ensemble.” Las palabras del editor llegaron inesperadas y sugerían un proyecto ambicioso. Un libro sobre la isla más fotografiada del mundo: Venecia. Roiter, que vivía a unos 45 minutos en tren de la isla, empezó a viajar todos los días. Se iba pronto por la mañana y volvía por la noche. Era incansable, pero Venecia lo requería y merecía.

Era un desafío. ¿Qué mostrar de Venecia que no se hubiera mostrado ya? Desde mucho tiempo antes que existiera la fotografía, la pintura y el dibujo se habían encargado de testimoniar su belleza y su unicidad. El auge del nuevo arte aceleró aún más un proceso que ya estaba en marcha. Las imágenes de la isla estaban por todas partes, desde los lienzos de renombrados artistas como Tintoretto o Monet hasta las comunes postales turísticas. Se trataba de visiones panorámicas, monumentales y en general repetitivas, ya que presentaban una y otra vez los estereotipos: la plaza de San Marcos, la góndolas, los canales, el puente de Rialto.

fulvio roiter

Sin título, 1953-54 || Fulvio Roiter

Para Roiter, Venecia era mucho más: el destello, la transparencia y la luz. «Venecia está sumergida en el agua. ¡Hay días tan diáfanos! Lo que intento hacer es buscar mediante la luz el significado.» Escribir con luz, entonces, que es la esencia de la fotografía.

fulvio roiter

A la monumentalidad prefiere lo cotidiano, lo banal. No existe un manual de instrucciones, sino la capacidad de intuir y de percibir la realidad. Roiter cree profundamente en la casualidad de la vida: lo que acontece sorprende al fotógrafo. La diferencia reside en cuándo y cómo decide fijar el instante decisivo: «Hay que tener una especie de tercer ojo, la capacidad de coordinar el cerebro y el ojo.» Una nevada inesperada, la plaza de San Marcos inundada y su curiosa geometría, unos niños jugando o simplemente la multitud de curvas que puentes y góndolas dibujan en el aire y en el agua.

fulvio roiter

Netturbino al lavoro in Piazza San Marco, 1963

Squero di San Trovaso, 1970 fulvio roiter

Squero di San Trovaso, 1970 || Fulvio Roiter

Campo Santo Stefano, 1970 fulvio roiter

Campo Santo Stefano, 1970 || Fulvio Roiter

La Venecia de Roiter es bella, casi perfecta si no fuera por esa sutil alusión a sus problemas como por ejemplo la ida y venida de la marea alta. Sin embargo, él sigue creyendo en la virtud terapéutica de la belleza que cotidianamente descubre: ahí donde su mirada curiosa y enamorada decida detenerse.

*Las citas se refieren a la entrevista a Fulvio Roiter recogida en el siguiente vídeo.

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