El ruido de la ciudad que siempre nos asalta al abrir los ojos. La prisa que va perpetuamente a la par de los tiempos ajustados, imprecisos, que nos persiguen como si fueran a atraparnos. Los grises urbanos y desalmados que pintan nuestras ciudades. El sonido de nuestras pisadas, de una ambulancia triste que deambula por ahí. Los ascensores que suben y bajan, manos que se levantan para atrapar a toda prisa un taxi. El traje, la corbata, el peinado, el café de por la mañana y nuestros ojos completamente cansados de tanto trabajar, de tanto correr, de tanto desperdiciar la vida que nos ganamos con el perenne sacrificio del trabajo.

Todas estas cosas y muchas más se retratan en El Empleo, cortometraje del dibujante y animador argentino Santiago «Bou» Grasso. Estrenado por primera vez en 2008, el cortometraje de Grasso ha sido uno de los más galardonados en la historia de la realización audiovisual. Su visión de mundo es simple, cotidiana, pesarosa, pero a la vez es aterradora, por no decir espeluznante. En El Empleo Grasso nos narra la historia de un hombre cualquiera, mostrándonos un fragmento de su diario vivir. El hombre, que vive en un apartamento corriente, sumido en una soledad resignada, se dirige a su trabajo. A lo largo de este trayecto cotidiano, Grasso va descubriendo poco a poco los terribles secretos de un mundo escuálido, que terroríficamente se parece mucho al de nuestra realidad.

En esta ocasión Grasso retrata el automatismo del trabajo, pero sobre todo las consecuencias que trae el mundo laboral sobre todo aquello que nos hace humanos. En primer lugar, el dibujante y animador hace un llamado a la inconsciencia. Sumidos en un ritmo desenfrenado no nos damos cuenta de a qué nos sometemos en el trabajo, de a quién estamos prestando nuestros servicio o de quiénes trabajan a nuestra disposición. Detrás del mundo corporativo no hay caras, no hay ideas, pensamientos o vidas: solo hay cuerpos que trabajan en pro de unos objetivos que son siempre más grandes que los propios. En el cortometraje de Grasso la individualidad y los sueños particulares siempre se ven supeditados a un orden general omnipotente y omnipresente, que no tiene rostro ni pensamiento.

En segundo lugar, con este bello cortometraje de animación tradicional, el dibujante nos lleva a conocer las consecuencias irremediables de esta forma de vida. Por un lado, la soledad y el aislamiento que suceden cuando no reconocemos al otro en el mundo laboral, y por el otro, el agotamiento de la fuerza vital que nos lleva, poco a poco, a una muerte lenta y desolada.

el empleo de santiago grasso

Mesa humana || Fuente: YouTube

Y tú… ¿quién eres?

Cuando los minutos comienzan correr sobre el cortometraje de Grasso, lo primero que vemos es una cara feliz. A medida que la cámara va tomando distancia nos damos cuenta de que esa cara viste sombrero, corbata y pantalón de oficina, y que sus brazos le sirven de manillas al desolado tic-tac de un reloj despertador. Esa primera imagen encierra con claridad todos los antecedentes de la obra de Grasso: el hombre llevado a ser un objeto al servicio de un orden general, de unos tiempos laborales que consumen su vida y lo reducen a la deshumanización, a la falta de reconocimiento de las cualidades humanas en sí mismo y en los otros.

A medida que transcurre el tiempo, esa primera mirada al mundo del personaje, tan discreta a través de la imagen del reloj, comienza a convertirse en una realidad cada vez más evidente. Al levantarse de la cama, el personaje enciende la luz de la lámpara, cuya base es un cuerpo humano (vestido de traje y corbata) que esconde su cabeza detrás de la capucha, invisible a nuestros ojos. Más tarde, cuando el hombre va a afeitarse, vemos que unas manos sostienen el espejo. Estas visiones llegan a sugerir que algo extraño ocurre en este universo, pero a primera vista al espectador solo se le ocurre que el personaje tiene un extraño gusto decorativo. La clave de estas primeras escenas es justamente confundirnos. Somos objetos de uso corriente de un orden general, de un mundo corporativo, pero es una realidad que pasa casi desapercibida a nuestros ojos.

Cuando el hombre se sienta a desayunar ya nos damos cuenta que esos objetos extraños con rasgos antropomórficos son realmente humanos. Al sentarse en la espalda de un hombre y servir su café sobre una mesa conformada por ocho patas humanas, el personaje, y nosotros mismos, seguimos ciegos ante la humanidad de estos objetos, que a pesar de ya mostrar su rostro, siguen en actitud autómata: sin respirar, parpadear o mostrar el más mínimo signo vital.

La escena doméstica termina cuando el personaje coge su paraguas, su abrigo y sus llaves del perchero, también con forma humana. La mujer que presta este servicio permanece estática, con el aro de las lleves metido entre la boca y manteniendo el equilibrio entre todos los objetos que la cubren. Cuando el personaje toma sus cosas y cierra la puerta para dirigirse al trabajo, Grasso se queda unos minutos con el perchero. La mujer sale de su estado de inmovilidad: por un momento parpadea mostrándonos un resquicio pequeño de vida, dejando de ser un objeto y abriéndonos la ventana a su humanidad. En este primer momento, Grasso nos revela que aquellos objetos decorativos son realmente personas, y que detrás de su inmovilidad, de su automatismo, de su diaria monotonía, hay unas vidas sombrías que van agotándose en el ritmo incansable del trabajo, en unas ojeras profundas que esconden unos ojos tristes y desdichados.

Esta primera parte en la que Grasso muestra la vida doméstica de su protagonista hace énfasis en la cosificación a la que nos reduce el mundo corporativo. Incluso en la privacidad de nuestra casa somos incapaces de reconocer al otro como ser humano y no como un objeto de uso corriente en nuestro diario vivir. Esa falta de unión y de hermandad nos conduce de forma irremediable al aislamiento que a su vez, camina progresivamente hacia una muerte anímica.

El empleo de Santiago Grasso

A lomo de taxi || Fuente: YouTube

Una agonía

Una de las cosas que más me llamó la atención del cortometraje de Grasso fue su forma de poner en diálogo la deshumanización con la muerte. La primera imagen de la mujer-perchero que muestra signos de vida con el parpadeo de sus ojos, se empata muy bien con la última imagen del corto, en la que el protagonista llega a su empleo y se tiende frente a una puerta para cumplir con sus labores diarias de tapete de ingreso.

Grasso hace énfasis en el diario sufrimiento del protagonista cuyo cuerpo es el receptáculo del polvo y de la contaminación de la calle. El personaje se da valor antes de tenderse, y al final se acuesta resignado al destino insípido de su diario vivir. El animador termina el corto alejando la cámara del protagonista, poniendo en evidencia el abandono del cuerpo tendido frente a la puerta. Como último signo de vida, Grasso pone a su personaje a suspirar, como si fuera su último hálito y su última grieta perceptible de vida.

Debo decir que la propuesta de este dibujante y animador, que a través de una animación simple y tradicional llena de trazos de acuarela, logra mostrarnos el lado oscuro del mundo corporativo. El continuo zumbido urbano que se escucha desde el comienzo, las paredes sin vida y sin color, la expresión exhausta de todos las caricaturas y la falta de la melodía consoladora de la música, están al servicio de mostrar la deshumanización que nos impone el mundo laboral y la soledad inevitable que esto acarrea. La imagen que nos deja Grasso con El Empleo es sin duda similar a la que nos dejó anteriormente Charlie Chaplin en la película Tiempos Modernos: con su corto, Grasso logra mostrarnos lo absurdo de la forma de trabajar actualmente, documentando para las generaciones siguientes la tristeza y el automatismo del mundo laboral de nuestros días.

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