Anunciada desde hace poco más o menos un siglo, asistimos, ahora institucionalmente, a la muerte de la filosofía. Ya casi inexistente en los planes de estudio de Secundaria y Bachillerato, ¿quién se atreverá a considerarla una opción para el largo proceso que constituye una carrera universitaria? Incluso peor: ¿quién alcanzará a vislumbrar que algo como la filosofía puede siquiera estudiarse en esos lugares que cada día son más una fábrica de títulos que recintos dedicados a la libre discusión y a la generación de conocimientos que impacten en la sociedad?

El tema pudiera parecer, ya por sí sólo, de una gravedad fuera de lo normal. Pero lo peor no es esa muerte institucional. Aunque en este caso resultaría de gran interés descifrar el problema de si es el perro institucional quien mueve la cola del pensar, o es la cola de la actividad filosófica institucional la que mueve al perro reflexionante, preferimos morir de inanición, como el asno de Buridán, y pasar a otro asunto que nos parece, si cabe, más preocupante.

La premisa básica del pensar, despertada por la capacidad de sorpresa, en principio, inherente al ser humano, necesaria para toda actividad filosófica, ha venido cayendo, en los últimos tiempos, en el desdén más absoluto. De un modo en mayor o menor medida inducido por aquellos que nos gobiernan y, sobre todo, quienes controlan la economía -pues esa y no otra es actualmente la función del gobernar-, o tal vez a causa de la torpe manera como se utiliza en nuestra época la información y las tecnologías, los ya clásicos llamados, por ejemplo, de Platón (“Una vida sin filosofía no merece la pena ser vivida”) o de Kant (“Sapere aude”), no sólo se han vuelto viejos, sino también, y lo que es más grave, totalmente inútiles.

Ante lo efímero de la imagen que narra como a espasmos parte (sólo parte) de lo que sucede tanto a nuestro lado como a miles de kilómetros de distancia, ante el gran espectáculo de las palabras gastadas por recurrentes a causa de su vaciedad, el espacio para la reflexión, en sí mismo, se ha ido estrechando, acortando, reduciéndose hasta quedar en la nada. ¿Para qué pensar cuando proliferan los denominados líderes de opinión televisivos y los borreguilmente encumbrados youtubers que nos ayudan a descifrar una realidad que, por otra parte, no tiene nada de misterioso ni oculto de tan plana que ellos la ven? Usando una idea de Bourdieu: no es que les impongan lo que tienen que decir, es que los eligen precisamente porque no pueden decir otra cosa.

Tal vez el simulacro que construyen esas imágenes se haya empoderado a tal extremo que la realidad haya quedado difuminada, desaparecida detrás de su colorido y luminosidad, como un fantasma que nadie está dispuesto a ver pero que no por ello deja de vagar, de errar sin rumbo y sin puerta de salida hacia ninguna parte. Pero ahí radica lo importante, y es que la realidad ahí está, necesitada de que, como ya hicieron aquellos griegos antiguos -y aunque de un modo necesariamente diferente-, sea develada por esa capacidad que hemos perdido y que, antes de que muera, tenemos el deber ético de recuperar. Y decimos “deber ético” porque si toda ética implica una tendencia a vivir bien –eu zên, como decía Aristóteles-, a ser felices, en definitiva, ello no puede pasar por vivir adormitados sino todo lo contrario, por buscar una vida en la cual la filosofía, y sobre todo el filosofar, sean dos de los principales constituyentes de la misma.

En ello está en juego buena parte de nuestro futuro vivir bien y de cómo lo redefinamos.

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