¿Quién no ha necesitado alguna vez un descanso, un hiato que ponga fin al ajetreo de la vida diaria? Malentendidos, roces y el propio desgaste que desazonan al Zoon politikon son razones más que suficientes para ansiar un cambio de aires que nos libere de posibles dilemas interiores. Esta sempiterna necesidad también afectó a uno de los artistas más laureados de nuestra Literatura como es Federico García Lorca.

Federico Garcia Lorca

Federico García Lorca

Con el país a sus pies y su Romancero Gitano despuntando en el panorama artístico de la época, el poeta granadino experimentó una fuerte crisis emocional a raíz de ciertos contratiempos, entre otros, varias acusaciones que lo tildaban de costumbrista y defensor de la etnia gitana. Así pues, su distanciamiento con personalidades tales como Emilio Aladrén o el tándem Dalí/Buñuel, cuyo perro andaluz era una clara alusión a nuestro protagonista, propició una ansiada odisea en compañía del socialista Fernando de los Ríos, ministro de educación del gobierno republicano.

Lorca en Nueva York

Encandilado por el neón de Broadway y la continua fiesta neoyorquina, no tardó en frecuentar locales como el famoso Smalls Paradise de Harlem. Más interesado en hacer vida social en su nuevo mundo que en el progreso de sus estudios, fue un asiduo del Spanish Institute de la Universidad de Columbia, donde se celebraban constantes conferencias y veladas literarias. Lorca disfrutaba de un efímero espejismo en el que la añoranza por la patria era sustituida por el bullicio de la gran manzana.

Federico García Lorca

Lorca paseando acompañado

No obstante, poco tardó en vislumbrar qué se ocultaba tras aquel majestuoso telón. Excluidos del incipiente sistema de bienestar, Lorca contempló la precaria situación de las minorías sociales, oprimidas del hombre por el hombre.

No ayudó, por supuesto, la poco preconizada crisis bursátil que asoló Wall Street, convirtiendo a la capital norteamericana en un “Espectáculo de suicidas, de gentes histéricas y grupos desmayados. Espectáculo terrible, pero sin grandeza”. Sintiendo que su estado anímico empeoraba por momentos, comenzó un peregrinaje de varias semanas por Vermont y Newburgh junto a varios amigos españoles.

Lorca de regreso a la gran manzana

Volvió en septiembre del mismo año, instalándose en la residencia John Jay Hall. Sumido en un declive espiritual, comenzó a gestar su poemario Poeta en Nueva York, a la vez que se embarcaba en otros proyectos como el surrealista guión de Viaje a la Luna. La soledad y el insondable malestar con la sociedad norteamericana dieron luz a, magistralmente descrito por Andrés Sorel: “un grito de horror, de denuncia contra la injusticia y la discriminación, contra la deshumanización de la sociedad moderna y la alienación del ser humano, al tiempo que reclamaba una nueva dimensión humana donde predominase la libertad y la justicia, el amor y la belleza”.

Lorca Nueva York

Nueva York

Surrealista y mágico, su canto se nos presenta como uno de los referentes de la lírica española, siendo un punto de unión ejemplar entre el modernismo y la edad tecnológica. A través de un simbolismo que recuerda a Baudelaire o Whitman, Lorca exterioriza sus emociones perdidas entre la magna urbe del rascacielos maldito, como si de una contemporánea Torre de Babel se tratara. Un escrito que invita a perderse entre metáforas y sonidos desconcertantes, que guiaría a las generaciones venideras, sería uno de los cantos más fugaces del cisne de Fuente Vaqueros.

Se fue trágicamente en 1936, mas su legado perdura más allá del tiempo. Murió tropezando con su rostro distinto de cada día, como ya dijo en la soledad de la Universidad de Columbia tras volver de un paseo indescifrable aún hoy en día. Un paseo que, tarde o temprano, todos nosotros estamos tentados a dar, conozcamos el rumbo o no.

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