Hoy en día, la pequeña Mafalda, esculpida por la mano genial del artista Pablo Irgang , está sentada en un banco de la calle Chile en San Telmo, Buenos Aires. Su mirada tierna contempla con una suerte de optimismo el mundo que la rodea. El Café Poesía, los caminantes que rodean la pequeña plaza y los artistas que se reúnen en estas calles hacen de este espacio un rincón de intrépida magia porteña. Los turistas se toman fotos con la escultura y los habitantes del barrio se sientan cómodamente para leer el diario junto a  ella. De esta forma, Mafalda, con su benevolente sonrisa, se convierte en un ícono de la ciudad porteña, pero también sigue formando parte de la vida cotidiana de este barrio, de artistas y poetas, y de porteños comunes y corrientes.

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Las razones por las cuales Mafalda ha llegado a ser un monumento de visita recurrente cuando se llega a la ciudad de Buenos Aires es porque la trascendencia de la tira cómica de Quino ha llegado a tocar la identidad, no solo de los porteños como tal, sino también de todos aquellos que llegan a visitar la ciudad. De alguna manera, Mafalda ha llegado a hablarle al mundo entero, convirtiéndose en una referencia para las sociedades más diversas. De hecho, la intrépida creación de Quino, más que retratar la cotidianidad y los cambios sociales de la década de los 60, cristalizó las características de una clase media posmoderna que aún hoy en día tienen vigencia.

Identidad y clase media en el barrio San Telmo

La identidad de clase se define siempre por el contraste: la relación con los otros es siempre la medida de lo que uno es. En el universo de Mafalda las calles del barrio son  lugares de interacción donde los divertidos personajes descubren los límites de su mundo y lo contrastan con universos ajenos. En Mafalda son muy escasos los encuentros con niños de sectores populares o con los niños de clase alta. Sin embargo, el barrio, permeable a otros mundos, se convierte en el lugar propicio para que Mafalda y sus amigos descubran la ascendencia social a la que pertenecen y los problemas que esto implica.

El encuentro con un niño lustrabotas, o con un bebé en cochecito llevado por su niñera hacen que Mafalda y sus amigos entiendan que sus vivencias cotidianas no son parecidas a la de ninguno de los dos niños. En Mafalda la clase media habita en un “no-lugar” en el que sus habitantes no alcanzan a darse mayores lujos, pero de alguna forma tratan de imitar las costumbres de las clases altas alimentando su interés por el ascenso social. El contraste también se muestra a través del disgusto de saber que hay personas más poderosas y pudientes, y también personas más pobres y desafortunadas.

Por ejemplo, en una de las primeras tiras cómicas,  Mafalda va de paseo por la vereda con su madre. Quino ilustra una sociedad masificada que los personajes van recorriendo de espaldas al lector, como adentrándose en un nuevo universo. Con inocencia perceptiva, Mafalda le pregunta a su madre: “¿Por qué nosotros no tenemos auto?”, a lo que su mamá contesta: “Esteee… por lo que te dijo papá: somos clase media. ¿Te acordás?”. Después de un silencio incipiente y reflexivo en la tercera viñeta, Mafalda infiere: “Clase mediaestúpida, claro”. La viñeta muestra cómo Mafalda descubre su lugar de pertenencia, pero también  realza el enojo que produce formar parte de ese sector social.

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Una de las viñetas de Mafalda sobre la clase media

En la primera viñeta de la tira Quino dibuja con un trazo definido. Los autos, el poste de la luz, la calle y los otros caminantes forman parte de un dibujo explícito del mundo que Mafalda está descubriendo con sus ojos. A medida que pasan los cuadros, el trazo se vuelve cada vez más débil, como si la posibilidad de tener auto y de responder a unos estándares de consumo se esfumara de las ilusiones de la niña.  En esta viñeta se pone en evidencia que el papel social de aquellos que no pertenecen a la clase media tiene un rol decisivo en definir la identidad de Mafalda. De hecho, el enojo se vuelve evidente al reconocer la existencia de las jerarquías sociales y la identidad de otros con mayor poder y estatus social.

Esta viñeta, publicada por primera vez en 1964, no solo nos habla de una identidad general de la clase media, sino que además llega intacta hasta el día de hoy con un mensaje lleno de actualidad. De hecho, en este cuadro Quino muestra cómo a partir de la guerra fría los estándares de consumo definieron la identidad de clase a partir de aquellos productos que se podían o no adquirir, hecho que tiene vigencia actualmente.

Clase media diversa

Mafalda, además de mostrarle al mundo que la clase media era una posición ventajosa e incómoda a la vez, también logró retratar sus contrastes, sus pequeñas enemistades, sus hechos risibles y los personajes “tipo” que la conforman.  El encuentro por las cuadras del barrio con Susanita, Manolito, Felipe, Miguelito y Libertad hace del pequeño universo de Mafalda una radiografía de los distintos prototipos clasemedieros. Por ejemplo, Miguelito representa el típico hedonista cínico y  Libertad a la comunista conforme con las comodidades. Sin embargo, los ejemplos más divertidos son Manolito y Susanita que representan dos sectores de la clase media que están siempre en continua rivalidad.

Manolito es el hijo del tendero del barrio, Don Manolo, que viene de España. El personaje de Manolito tiene un único interés: lograr el éxito comercial del almacén de su padre y tener una gran cadena de supermercados cuando crezca. Toda su moral gira entorno a la ganancia, y juntándolo con los comportamientos típicos del “gallego bruto”, el niño es el irónico ensamble de dos estereotipos sociales: el inmigrante de comienzo y mediados de siglo, y el emprendedor advenedizo. Manolito es entonces el más vivo retrato de las ínfulas modernizadoras de los empresarios inmigrantes en contraste con la mentalidad primitiva que la sociedad anfitriona creía que tenían. El personaje, que pulula todavía en los escalafones de la actualidad, nos muestra lo caricaturesco no solo de la mentalidad arribista, sino también de la visión que en muchas partes del mundo se tiene sobre los inmigrantes en general.

Susanita, por su parte, se presenta desde el comienzo como el alter ego de Mafalda. Con su cabello rizado, su muñeco en brazos y su mentalidad de madre, la niña representa a la mujer concebida tradicionalmente. Susanita es sentimental, pero sobretodo le da vida a la mirada hipócrita de la clase media hacia el mundo. En una de las viñetas, Mafalda va a mostrarle a Susanita el nuevo muñeco negro que su mamá le compró. Susanita toca el juguete con reservada corrección, ante lo que Mafalda le pregunta si tiene prejuicios raciales. “Si somos todos iguales, ¿cómo voy a tener prejuicios raciales?”, contesta ella. Mientras tanto sale de la viñeta dispuesta a ir al fregadero a lavarse el dedo.

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Susanita y el muñeco negro || Fuente: lacovacha.mx

La rivalidad entre ambos personajes es importante dentro de la narrativa de la tira,  porque representa el contraste entre el mundo sentimental, plasmado en Susanita, y el mundo económico y financiero, captado por Manolito. Quino utiliza estos prototipos sociales ampliamente difundidos para cristalizarlos en la tira, y jugando con sus características, logra crear un universo enormemente risible.

La Mafalda que se sienta hoy en el barrio de San Telmo amerita ser monumentada, fotografiada y demás por el logro de haber vuelto evidente e icónica una realidad que aún permanecía oculta a los ojos de los lectores de entonces. Además de haber puesto en evidencia problemáticas históricas de la década de los 60, Mafalda marcó los límites y las actitudes cotidianas de un cuadro social que desde la guerra fría quedó implantado en nuestras vivencias cotidianas.

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