Estaría sentado en algún parque de Gateshead. Miraría en soledad al río Tyne, a su pasado o al futuro, con el vértigo de quien perdió cuando estuvo a punto de ganar. Seguro que recordaría a un niño imitando a Cruyff con una pelota de tenis, al ritmo de la sonora afición del Newcastle. Paul Gascoigne regresó a su barrio tras caer eliminado en el Mundial del 90 ante Alemania, en unas semifinales donde lloró y se despidió en una tanda de penaltis con la selección inglesa. Gazza estuvo brillante. Derramó las lágrimas del honor británico al ver una injusta tarjeta amarilla que le privaría de disputar la final, con el heroísmo del mejor perdedor.

Paul-Gascoigne

Gazza festejando un gol con Inglaterra (rankingsdefutbol.com)

Paul Gascoigne volvió a casa con su cuerpo de albañil envuelto en una silueta rellena de gloria. Inglaterra le quería y la fama le persiguió. Fichó por el Newcastle a los 13 años, en mitad de una infancia estridente pero divertida; su madre tenía cuatro empleos y él, de tanto estar en la calle, acabó por robar. Gascoigne era técnico y agresivo, hacia lo salvaje. No tardó en debutar en Premier League y pronto le llegaron ofertas importantes. Gary Lineker apuntó de Paul que jamás sentía miedo sobre el campo, siempre estaba preparado para arriesgar. Ferguson contactó con él y dejó pactado su fichaje por el Man United. Sin embargo, el Tottenham le convenció con una casa para su familia. Al enterarse de su llegada a los Spurs, Sir Alex le escribió una carta: “Maldito cabrón”, y no volvió a hablarle en diez años.

En Londres sufrió a la prensa sensacionalista y una terrible lesión. Odiaba pensar, por lo que siempre que pudo escapó con sus amigos a beber a tabernas oscuras de piratas. Jugó tres campañas notables y logró llevar al Tottenham a la final de la FA Cup, que ganaron en un partido donde Gazza se lesionó de gravedad. Ingresado en un hospital tuvo que soportar cómo sus compañeros levantaban una copa que le pertenecía. Solo el alcohol era capaz de arrancar su rabia, en un intento por borrar de sus ojos húmedos el reflejo de la derrota. Huyó de las paredes de las salas de rehabilitación y de sus estúpidas máquinas, quiso ir a Roma para batir a la amargura. Firmó por la Lazio en un traspaso millonario y fue acogido con la exageración de una estrella.

Ni Roma funcionó en la vida de Paul Gascoigne. Su cuerpo explotó dos veces: cuando marcó gol en el derbi capitalino y revoloteó con el ímpetu de un acertante del Euromillón, y cuando cayó lapidado en otra alarmante lesión. Pasó y marchó, sin extrañar a la pizza ni a la cerveza italiana, ni a los tifosi de azul clarito que en ocasiones zarandeaban su coche. Se fue a Glasgow y triunfó en los Rangers. Allí pudo sorber, por fin, la gratitud de la victoria. Ganó trofeos y le premiaron con la convocatoria para la Eurocopa de 1996.

En Wembley y ante Escocia, reventó la red con un gol que revelaba su fútbol: se deshizo de su marca con un sombrero y disparó a portería con un instinto salvaje, sin contemplar ese miedo del que hablaba Lineker. Sus formas de albañil peligroso ayudaron en la rúbrica del tanto. La cruz de San Jorge tampoco pudo bañarse en oro por esta ocasión. Inglaterra perdió de nuevo ante Alemania en semifinales y en la tanda de penaltis. A Gazza le jodían los teutones como el matón de clase que le robaba la novia al chavalín de las gafas.

Después de aquello, Paul trasnochó por Inglaterra. Jugó para el Middlesbrough, donde se le recuerda por estrellar el autobús del club, y más tarde fue al Everton. En Liverpool conoció a un juvenil con más pecas que Lindsay Lohan al que una vez le dio 40 libras por ser el único chico en reconocer que, una noche antes de partido, saldría de fiesta. El de las pecas se llamaba Wayne Rooney, y Gascoigne sigue siendo su ídolo. La carrera de Gazza terminó y en 2004 dejó el fútbol.

El fin de Paul Gascoigne

Tras ello, las drogas se apoderaron de una vida cuyo único refugio fue el balón. El inglés naufragaba como Robinson Crusoe sobre las líneas de Daniel Defoe. En su defensa, se demostró que la prensa británica pinchó su teléfono de casa más de diez años, haciéndole creer loco ante su familia, lo que le causó profundos problemas. Fue cocainómano y sufrió diversos trastornos. Ingresó en centros psiquiátricos y protagonizó episodios violentos, como la pelea que mantuvo con Liam Gallagher.

Fans de la Lazio ondean bandera del exjugador Paul Gascoigne || Fuente: http://www.mirror.co.uk/

Fans de la Lazio ondean bandera del exjugador Paul Gascoigne || Fuente: http://www.mirror.co.uk/

Paul Gascoigne habrá vuelto a su parque de Gateshead, esta vez para recordar sin razón y con una sonrisa cercana a su perilla. Para mirar atrás y revivir cuando meó a un compañero de selección por no parar de roncar en una larga noche de concentración, cuando llevó un avestruz a un entrenamiento, cuando quiso organizar una partida de ajedrez con Clinton y Bush, cuando jugó borracho vs Maradona, cuando invitó a un amigo negro a una sesión de rayos UVA, o cuando hizo llorar a Inglaterra entera en el Mundial del 90.  El talento más salvaje.

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