No sabes por qué, pero tienes la certeza de que el destino va a ser piadoso contigo. Has estado toda la noche recibiendo cartas bajas, de diferentes palos y no correlativas. Has estado aguantando las fichas que tenías a tu disposición, esperando de manera estoica la mano que te sacase de la escasez y, cuando por fin te llega un as acompañado de un diez, ya avanzada la noche y con la confusión del cannabis, tienes la certeza de que el destino será piadoso contigo. Por eso te animas y apuestas.

Cuando las tres primeras cartas aparecen, tratas de mantener la compostura al ver que son un as, una jota y un diez. Está claro que es el momento que habías estado esperando y la hora de la batalla asoma con trompetas clamando al cielo. A pesar de tu ateísmo exacerbado, agradeces a algún tipo de sustancia o ente que haya tenido un momento, en sus infinitos quehaceres, para colocarte esas dobles parejas espartanas.

El jugador de tu derecha, que está cargado de fichas que forman una fortaleza al parecer inexpugnable, sube una cantidad considerable. Es un farol. Se lo puede permitir y tus ojos golosos hacen cálculos sobre cuál será la cantidad de fichas que podrás robarle. El resto de jugadores se retira, pero tú no te amedrentas y le doblas la apuesta. Luego todo pasa demasiado rápido para que puedas ir asumiéndolo con el tiempo necesario. Él dice que lo apuesta todo y tú pones sobre el tapete las pocas fichas que te quedan. Cartas arriba y tu infortunio aparece vestido de negro.

Las cartas que levanta tu contrincante sin pérdida de tiempo son un as y una jota, ninguneando así a tus tristes espartanos desarmados. La suerte está echada y quedan dos cartas por levantar. Solo un diez puede salvarte, solo un diez. Tu ateísmo vuelve a aparecer y, antes de que se decante el ganador, ya reniegas de tu poca pericia como jugador por no haber previsto semejante encerrona. Las cartas dictan sentencia: no hay sorpresas, ni siquiera lugar a falsas esperanzas. Te levantas, recoges tus cosas y te vas.

Te has despedido lo mejor que puedes, con la sonrisa mal disimulada de ser el primer eliminado de la noche y el peso del dinero perdido. Sales al rellano y enciendes la luz. Llamas al ascensor, pero antes de que este llegue al piso, ya vas escaleras abajo. Todo está en silencio, solo el eco de tus pasos y lo que te parece ser el desplazar de fichas, risas y vasos del apartamento abandonado.

No ha habido benevolencia, no tenía por qué haberla y te recriminas, ridiculizándote, haberla esperado. Las escaleras van rodeando un eje que sigues hasta que te escupe a la calle. Bajas con la pesadez que otorga la certeza, ya sabida pero aun así nunca asumida, de que sin uno todo continúa igual.

Al golpearte el aire fresco en la cara, rememoras la mirada que te lanzó Ella en el momento de tu sentencia. Te gustaría poder descifrarla. No te comprendes. No comprendes que cuando estuvo entre tus brazos, rendida a tus pies, no te interesara lo más mínimo, te agobiara el rápido cariño que te cogió en unas pocas noches de satisfactorio sexo.

Los síntomas de enamoramiento te hicieron poner tierra de por medio y te mantuviste distante un tiempo prudencial. Claro que esa no era la única razón. El principal motivo Ella no podía, no debía saberlo.

Tú la introdujiste a Ella en esas noches de póquer. Era un plan sencillo y muy bueno. Fácilmente la tendrías a mano, ganases o perdieses la partida. Luego podrías llevártela a tu casa, como premio o como consuelo, y disfrutar de una noche de pasión. Sin poder sacar partido ni una vez de tan magnífico plan, se cruzó una noche Otra y todo se derrumbó. Ella, supones, siguió yendo a jugar con la sola intención de verte, pero tú nunca más le dijiste nada.

No importa, en la mesa había más jugadores y las cartas se juegan o se pierden. Así que sin volver a enviarle ningún mensaje, sin que nunca más la melodía de su teléfono sonara iluminando tu nombre, semana tras semana os encontrabais en miradas furtivas, cada uno en un lado del tapete. Luego viste que llegaron otras miradas, otras bromas y otros flirteos. Suposiciones, rumores, y finalmente se hizo público lo que nadie hacía falta que te dijera. Otro se hacía con ella, Otro que esa noche poseía una fortaleza a base de fichas y que te acababa de lanzar al foso de los derrotados. El simple hecho de que la disfrutara Otro bastó para volver a despertar tu deseo.

Pero tú ya te estás montando en el coche. Hace frío, mucho frío y te abrochas el cinturón con prisas. Quieres arrancar y marcharte. Buscas en la chaqueta el maldito paquete de tabaco, que también tiene frío y se hace fuerte en el fondo del bolsillo. Sacas el último cigarro con la mala fortuna de haberlo partido por la mitad. Das un fuerte manotazo en el volante y suspiras después de ese pequeño escape de presión para, justo a continuación, preguntarte si realmente te afecta toda la serie de situaciones que se han sucedido durante la noche. No lo crees. Indiferencia es lo que sientes. La falta de motivación es el abono de tus días y lo confirmas escrutando tus ojos en el retrovisor, buscando algo conocido, algo de lo que eras.

Camino a casa, antes de entrar en tu pueblo, se distinguen unas luces azules en la rotonda, hábitat natural del buen recolector. Presientes que todavía no vas a poder dar por terminado tan afortunado día. Un agente hace que detengas el vehículo a un lado y te pregunta hacia dónde vas después de darte las buenas noches.

Dudas por un segundo si de nuevo se levantó el estado de sitio, lo cierto es que la radio no ha dicho nada. Te van a hacer la prueba de alcoholemia. Si hubieses llegado más lejos en la partida darías positivo, seguro. Vuelves a dudar, ahora, de si fueron tres o cuatro las cervezas que bebiste. Dudas también en cuánto es el mínimo para que no te multen, y dudas sobre si tu organismo podrá hacerte el favor de no delatarte. Te parece ver una ligera sonrisa en el agente al ver la tasa de alcohol que das.

Te hace parar el coche y esperar veinte minutos para repetir la prueba. Un compañero suyo, más afable, te comenta que has dado solo un poco por encima del límite. Te dice que esperes tranquilo, a ver si en la confirmación de la prueba ha dado tiempo a que baje la tasa. Después se aleja y se reúne con los otros policías.

La noche está cerrada, los agentes charlan y bromean entre ellos dando pequeños brincos para entrar en calor. No se ven luces por ningún lado que indiquen que vaya a pasar cualquier otro desafortunado por la rotonda. Los agentes y tú sois los únicos que representáis esta absurda obra. El tiempo de espera se te hace interminable, pasa lentamente. Solo se escuchan grillos y alguna risa de fondo de los agentes, que siguen con sus temas sin prestarte la más mínima atención. Te sientes como un perro sin correa que no se atreve a alejarse de su dueño.

Soplas de nuevo y das más que antes. Te explican las consecuencias de ello, las formas de pago y su descuento si lo haces antes de quince días. Pueden perseguirte y hundirte por no abonar la infracción, pero prefieren el dinero calentito. Escuchas todo con la misma cara del mulo cuando le ponen otro fardo sobre el lomo, y solo reaccionas cuando te dicen que te tienen que inmovilizar el coche. Te parece un abuso y te indignas, protestas.

Ponerle un cepo cuando al día siguiente tienes que ir a trabajar bien temprano es algo que ya te sobrepasa, pero decides cambiar rápido de estrategia, te das cuenta de que los agentes se parapetaban en su postura cuando alzabas la voz. Ahora que intentas negociar suplicando su magnanimidad, te escuchan bañados en arrogancia. Finalmente consigues que no te pongan el cepo, pero tampoco te dejan que te lo lleves a casa.

La única alternativa que te dan es que dejes el coche en el aparcamiento del supermercado que hay a unos metros y al día siguiente lo recojas. Ellos pasarán toda la noche en el puesto, así que podrán controlar que no te lo lleves. Te montas de nuevo en el coche blasfemando contra todo un colectivo de madres y aparcas en el supermercado.

Sabes que tienen todos tus datos y no tienes ganas de alegrarles la noche ganándote un par de guantazos en comisaría, por eso apenas prestaste atención a la vocecilla que te animaba a pasar de largo el supermercado y darte a la fuga. Tu imaginación ya se encargará de entretenerte los treinta minutos largos de fría caminata hasta casa representando una persecución con tintes hollywoodienses.

Son las seis de la tarde y hace muchísimo que no pisabas la consulta del médico. Pero el olor del ambulatorio no ha cambiado, los ancianos esperando son los mismos que cuando venías de pequeño y los asientos también siguen siendo igual de cómodos los primeros quince minutos. Todo ese ambiente te distrae, por primera vez en el día, de lo que la doctora tiene que comunicarte: los resultados del análisis.

Por primera vez te alejas de la incertidumbre y las posibles consecuencias según den positivo o negativo. Y te distraes porque rememoras con añoranza cuando tu madre te traía a rastras hasta la consulta para las dolorosas vacunas de la alergia. En ese lugar empezaste a familiarizarte con la espera, pero también a cogerle fobia. «La vida es espera, pero no espera» decías a muchas chicas para impresionarlas.

Enfrente de ti tienes a un niño con dos muñecos, a uno le falta un brazo pero no parece que eso merme sus increíbles facultades como luchador. A ojos del niño se está desarrollando la batalla más decisiva de la humanidad y nadie se da cuenta, solo él la ve. Toda la sala de espera es un campo de batalla, con sus precipicios y escondites. También tú habías participado en las mismas luchas.

Sonríes como cada vez que ves algo que indica, tan claramente, que no somos tan diferentes. El niño reproduce con la boca lo que deberían ser los efectos sonoros provocados por los fuertes golpes de los adversarios al ser derribados o cuando una patada voladora impacta contra la mandíbula del otro con una fuerza brutal.

Esta misma mañana, una patada similar le habrías dado sin contemplación al paleto de tu encargado cuando te soltó tan estúpido y pesado discurso por haberte dormido y llegado tarde. Él, que no tiene parangón a la hora de escaquearse, te soltó una retahíla interminable del porqué es tan importante tener una buena predisposición en el trabajo.

Con la cara hinchada por haber dormido apenas una hora, escuchaste y escuchaste a la espera de que cualquier cosa interrumpiera tal martirio. Pero sabes que la piedad no conoce tu calle. Y mientras él hablaba y hablaba, tú, que hacías gestos afirmativos con la cabeza cuando intuías que era necesario interactuar, te preguntabas si cada uno recoge finalmente su siembra o puede darse el caso de que nunca se encuentre la combinación adecuada y haya quien quede indemne. Nada dijiste a tu encargado de multas ni análisis, ninguna explicación te dignaste a darle, ninguna en absoluto se merece. Aguantaste el tipo, aguantaste al tipo.

Son las seis de la tarde y tienes cita a las cinco y media. Conoces perfectamente lo que te ha llevado a que, en este preciso instante, te encuentres esperando rodeado de la blancura en que se envuelve a los enfermos. Tú entre ellos. De golpe vuelve a acompañarte la agobiante sensación de que tu camino puede estar acotado de manera definida. Un límite alcanzable solo con agudizar la vista. Y la impotencia de no poder hacer nada al respecto.

Las células invasoras ya tendrán sus primeras batallas ganadas, su primer emplazamiento desde donde lanzarán la ofensiva total por la conquista de un organismo sano que apenas ofrece resistencia. Y comprendes lo que es estar preso, preso de un acto que realizaste, un acto del que ni te diste la oportunidad de preguntarte por él.

Un idiota viene, se tira a una loca desconocida y ella desaparece dejándote todo el marrón. Y lo peor es que ese idiota eres tú. No encuentras forma posible de arreglar lo sucedido, no la hay. Siempre has usado el método ensayo-error. A veces te costaban tres o cuatro errores para no volver a hacer el mismo ensayo, pero, igualmente, siempre había cabida para una reflexión, para rectificar y esquivar lo necesario.

Te exculpabas de tus actos con futuras promesas de rectitud que paliasen la falta cometida. El castigo expiaba y quedabas limpio de nuevo. Pero ahora, en este momento, comprendes el peso de la culpa, sus consecuencias te la hacen tangible. Ese acto, que no te reconoces haciéndolo, que no comprendes cómo pudiste llegar a ser tan incauto para realizarlo, encendió toda una serie de reacciones en cadena que escapan de tu esfera de influencia.

Ningún control tienes ya sobre ella y solo cabe esperar, como explosión final, que acabe contigo. Y la escena se te presenta, ¿cómo decirlo a tus seres queridos? Imaginas sus rostros, de la sorpresa a la incredulidad, de la negación al llanto, y el estómago se te cierra y te oprime. Tu mente rechaza la imagen y la expulsas.

El muñeco tullido del niño cae a tus pies. Se lo alcanzas al crío con una sonrisa de la que el niño se protege en las faldas de su madre. Ella lo coge y te devuelve otra sonrisa. La madre le pregunta al hijo que qué se dice, con la intención de que te lo agradezca, pero tú ya no escuchas. Estás de nuevo en esa discoteca, cargado de grados y bailando como un poseso canciones que no conoces y que nunca en tu sano juicio te pondrías a escuchar en casa.

La euforia rebosa en el grupo, hablas con todos, da igual que los conozcas o no. Un par de muchachas bailan rodeadas de un grupo de buitres que intentan ganarse sus favores. El atrevimiento etílico y la canción oportuna te hacen ponerte a bailar con una. Le gusta tu descaro. Observas que tu amigo realiza un buen apoyo aéreo y baila con la otra amiga. Cuando se dan la espalda os guiñáis un ojo y saltan carcajadas. Al poco, tu amigo ya le está comiendo la boca a su ligue. Tú sabes que podrías hacer lo mismo con la Otra pero te gusta que se lancen y no intentas nada. Charlas, ríes, bailas y bebes. El hielo no tiene tiempo a deshacerse.

Cierran la discoteca pero las ganas de fiesta apenas empiezan, tu casa queda cerca y hay sitio para los cuatro. Las dos chicas aceptan la oferta sin inconveniente alguno. Cuando llegáis se acomodan los tres en el sofá mientras tú preparas unos cubatas bien cargados. Las risas que llegan a la cocina te confirman que todo va a pedir de boca. De lo borracho que vas se te caen unos cuantos cubitos de hielo al suelo pero no importa, una patada y ya no están.

Te sientas con ellos, la luz del sol empieza a colorear el salón y brindáis por el nuevo día. Tu colega no pierde el tiempo y empieza a calentar el ambiente. Con un gesto de cabeza, Otra te indica la dirección del dormitorio. Olvidándote completamente del cuarteto que te habías propuesto con tu amigo, sigues el contoneo de un culo que ya te hace perder la cabeza del todo.

Una vez en la cama no queda más sitio para las contemplaciones, solo la torpeza del ansia. Cuando ya lleváis un buen rato dándole al tema te acuerdas del condón. «Para pasarme cualquier cosa no te importa, pero para no dejarme embarazada sí ¿no?». Te quedas bloqueado con lo que te acaba de decir, sobre todo porque tiene toda la razón. «No te preocupes que llevo el D.I.U., tonto». Y contento con eso, sigues hasta el final.

Una explosión espléndida, que te encumbra igual de rápido que te derrumba cuando, nada más acabar, y en un tono que no te gusta nada, te comenta que debes ir con más cuidado, no vayas a coger algo. Ante tus indagaciones nada quiere añadir, pero prefieres no acordarte ni de la pelea ni de como la echaste de tu casa. Luego fue todo pensar, al fin y al cabo, qué tenías tú de especial para que te otorgase el placer de entregarse sin protección.

Ve a saber con qué gente se junta y qué había hecho antes. Los siguientes días fueron de recopilar información en la red que no conseguían más que angustiarte. Gonorrea, sífilis, clamidia, papiloma humano, herpes, tricomoniasis, hepatitis, VIH. Las primeras batallas ya han sido ganadas y la piedad no conoce tu calle. La sala de espera se llena de pequeños puntos de luz y empieza a dar vueltas.

Los pasos silenciosos de la gente, que no quieren molestar, te parecen ensordecedores y un gran peso se apodera de tu cuerpo. Sin más fuerzas, escondes la cara entre las manos hasta que tu nombre se escucha detrás de una puerta. Entras en la consulta, la doctora está sentada en su mesa tecleando en el ordenador. Intentas adivinar en su rostro cualquier señal que te adelante algo de información, pero nada consigues sacar de alguien que ni te conoce ni ha tenido ningún trato contigo. Solo eres un expediente más a rellenar para ella. Te sientas enfrente y, mientras acaba de hacer sus cosas, esperas a que suene el veredicto.

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