«El abrazo de la serpiente» le hace a uno preguntarse cómo es ese modus vivendi tan terrenal. Esa permanente no-conexión. Esa previa a la conversión en la que demasiados se incluyen, desde la aparición del primer iPhone, venga de donde venga la idea original. Ese oasis tan antagónico a la globalización. Y de repente uno se encuentra entre tribus. Unas más occidentalizadas, otras menos. De repente, se convierte en un oxímoron, haciendo fotografías a quienes creen que se les captura el alma.

Panamá es canal, y sin canal poco se sabe de Panamá. Y uno recuerda el caso de los papeles. Pero más allá de eso, con la excepción de San Blas, pocas veces se asocia el turismo en Centroamérica con este país del Istmo, independizado de Colombia en su momento. Su capital tan a las antípodas del resto del país, desde sus vacíos rascacielos hasta sus «barrios rojos», puede ser un buen campamento base de expediciones turísticas de clara motivación indígena.

El turismo indígena

Turismo indígena, concepto que no se debe confundir con «etnoturismo» (y este tampoco debe confundirse con «enoturismo», de motivación vinícola). Entendemos esta actividad como aquella en la que participan empresas en el tipo de turismo alternativo, llamado de facto turismo indígena, a través de la cual las comunidades defienden su identidad cultural con la promoción de actividades que permitan defender sus etnias de la globalización (Morales, 2008), difiriendo del etnoturismo como una de las nueve actividades a realizar en el turismo rural, «los viajes relacionados con los pueblos indígenas y su hábitat, con el fin de aprender de su cultura y tradiciones» (Sectur, 2004). Sin embargo, saliendo de la categorización más académica, el visitante acaba sintiéndose como un viajero que en determinados momentos contrate actividades culturales además de oportunidades de convivencia.

Para entender más estas actividades, se pueden considerar una muestra representativa dos de las tribus más interesantes de Panamá en Kuna Yala y el Chagres, habitadas por kunas y emberás, respectivamente. La primera, también la más numerosa, le brinda a uno la oportunidad de estar en un conjunto isleño en el mar Caribe con isla por cada día del año y, si hay suerte, vivir en una de ellas fiestas de tradición todavía precolombina. La segunda, en cambio, es una comunidad más cercana a nuestras costumbres, pero que convive con las otras siete tribus del país.

Lo más interesante de ambas comunidades es su gestión del turismo. Los kunas, además de ser una tribu indígena con gran autonomía, organizan ellos mismos todas las excursiones en las islas en acuerdos entre taxistas y pescadores, habitantes de cada una de esas pequeñas parcelas de tierra con poco más que palmeras y, desde hace pocos años, servicios para aquellos que dejan sus dólares en su llegada con motivación más o menos antropológica. Sin embargo, la problemática actual es la gestión de los residuos y una batalla de precios que cada vez menos viajeros, y solo domingueros con más poder adquisitivo, pueden permitirse.

Los emberás, pese a no tener una autonomía como en Kuna Yala, tienen un modus operandi turístico con el que uno puede sentirse mucho más familiarizado. Excursiones con comida y transporte incluidos. Tiempo para comprar artesanía, observar las danzas y pedir a un miembro del poblado dejarse ilustrar la piel con motivos del color de la tinta natural del fruto jagua. Varios ejemplos de lo que los visitantes pueden descubrir en esa tierra ahora panameña.

Sin embargo, hay otro archipiélago muy recomendable que podría ser de facto etnoturístico: Las Perlas. Descendientes de esclavos que se dedicaron a desenterrar, claro está, las perlas en ese precioso grupo de islas, son hoy los reyes, no solo de la Isla del Rey, sino también de todo el dicho conjunto parcialmente habitado en el Océano Pacífico. Perderse en localidades como San Miguel, alejadas de la perdida autenticidad que una vez tuvo Isla Contadora, es lo más recomendable para una convivencia extremadamente agradecida. Eso sí, no debe uno olvidarse de negociar con cualquier propietario de las numerosas pangas y hacer snorkel por joyas como Isla Elefante. Territorios claramente inexplorados y no incluidos en los estresantes viajes de tantos touroperadores.

Vecinos también de Costa Rica, contrastan absolutamente con el modelo turístico por su actual mayor sustento económico: el canal. Puede parecer falso, pero al final la no-dependencia económica de los visitantes al país es positiva para Panamá, pues la pérdida de autenticidad representa claramente una tendencia que va de la mano de la diáspora de cualquier destino originalmente no turístico. Para más diferencia, está la motivación del visitante, que incluyendo también su naturaleza, destaca la cultura. Cultura protagonizada por aquellas comunidades más o menos alejadas de nuestra hiperconectada realidad.

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