Atrevidos y contestatarios. Ataviados con ropas glamurosas. Artistas del sentimiento y la libertad espiritual. Cubiertos de maquillaje. Denostadores de la racionalidad y técnica. Acérrimos de Bowie o Roxy Music unos y de Franz Schubert otros. Apenas casi dos siglos separan ambos movimientos artísticos. Románticos unos y románticos otros. Adalides de la nueva ola, del frenesí y la exuberancia.

Dichos colectivos presentaron una serie de características definitorias a destacar. El Romanticismo se concibió como una contestación cultural contra la Ilustración y el Neoclasicismo. La prioridad a los sentimientos y a su intrínseco influjo fue uno de sus rasgos principales. Cabe mencionar la ruptura con cualquier reglamento estereotipado, un fuerte fervor revolucionario en detrimento del despotismo y la originalidad creativa frente a la continua imitación del canon clásico.
Los románticos despreciaron el materialismo burgués y defendieron el amor libre y el liberalismo en política. Asimismo, representaron el deseo de absoluta libertad individual, pasiones e instintos. Eran habituales sus representaciones de ambientes luctuosos. Los lugares sórdidos y ruinosos, así como una constante alusión a leyendas supersticiosas, fueron hilos recurrentes en las historias románticas. Los héroes románticos, al más puro estilo Adam Ant, fueron claros prototipos de rebeldía. A lo largo de las obras, quebrantaban leyes y tradiciones por doquier siempre que atentara contra su más estricta independencia. A la vista está, con ejemplos como Don Juan o Prometeo.

Pudimos ser héroes: de Goethe a Schiller
Es recurrente citar, en el podio de artistas románticos, a dos genios de la talla de Johann Wolfgang von Goethe y Johann Christoph Friedrich Schiller. Ambos abanderaron su principal foco en el siglo XIX. Esto es, el archiconocido Romanticismo alemán.
Goethe fue todo hombre de letras. A ratos más hombre que letra. Hombre universal, de hecho, según palabras de George Eliot. La artista británica llegó a decir de él que fue “el más grande hombre de letras alemán… y el último verdadero hombre universal que caminó sobre la tierra”. También fue científico en sus ratos libres, como puede apreciarse en su obra La metamorfosis de las plantas. Nacido en Frankfurt, disfrutó de un intenso vaivén de acontecimientos y reconocimientos a lo largo de su vida. Licenciado en Derecho, llegó a ser un apreciado confidente de Napoleón, ferviente admirador del joven Werther.
La obra de Goethe abarcó la gran mayoría de géneros literarios habidos y por haber. Entre su palmarés despuntan trofeos de la talla de Las penas del joven Werther, Clavijo y Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister. Esta última fue citada por Schopenhauer como una de las cuatro obras magnas de la Historia. Por supuesto, huelga mencionarse en el ámbito dramático la gran influencia de Fausto, uno de los buques insignia del Romanticismo.

Por su parte, Schiller se erigió como prestigioso poeta, dramaturgo, filósofo e historiador alemán. Nació cerca de Stuttgart a mediados del siglo XVIII y es toda una institución hoy en día para las letras de Alemania. No en vano, sus obras teatrales son un clásico del repertorio teutón. Licenciado como médico militar, comenzó a componer en su veintena poemas con claro sabor a la pluma del crítico Klopstock, autor del inmortal Mesías. Fue editor de la revista El almanaque de las musas hasta 1800, por la que pasaron autores como el mismo Goethe, Herder o Friedrich Hölderlin.
Entre algunas obras de Schiller destacan Los Bandidos, Fiesco y Don Carlos. Esta última fue inspirada en la vida de Carlos I, nieto de los Reyes Católicos. Del mismo modo, cabe recalcar la obra teórica Cartas sobre la educación estética del hombre, concebida como un decálogo para el hombre modelo de la sociedad racional coetánea a su tiempo.

¿Un Brexit bohemio? Nacionalismos románticos
Igualmente, uno de los atributos interesantes sobre los románticos, y en especial los ya mencionados alemanes, era su predilección por el sentimiento nacionalista. No en vano, entre tantos tipos de nacionalismo despunta el conocido como nacionalismo romántico. Fue fuertemente influenciado por los escritos de Rousseau y Von Herder en el siglo XVIII. Dicho patriotismo se sustentó en la existencia de una cultura étnica histórica, en armonía con el ideal romántico. Por ello, el folklore llegó a ser un concepto nacionalista romántico a destacar, por ejemplo, en las obras de los hermanos Grimm.
A ello puede añadírsele la mejora paulatina de los sistemas de impresión. El aumento de publicaciones conocidas como salvoconducto de difusión de ideas fue un hecho crucial para la transmisión de estas ideas nacionalistas, según autores como Benedict Anderson. Al mismo tiempo que fue patente en la literatura, dicho nacionalismo estuvo presente en el Romanticismo musical de siglos pasados. Artistas como Bartok o el mismísimo Richard Wagner contribuyeron a esta exaltación de la tradición chovinista. Ejemplos de ello son las óperas Tannhäuser, Lohengrin o La Valquiria, empapadas de un fuerte carácter druidista.

Hombres de su tiempo, y leyendas de su época, los románticos marcaron un bello punto de inflexión en la literatura contemporánea. No sólo en Alemania. También se disfrutó en España de genios como Bécquer o Espronceda. Alguien tendría que poner los puntos sobre las íes a todo aburrido racionalista. Luces y color. Y como no, purpurina a raudales corriendo por la ribera del Rin. Románticos ayer, hoy y siempre.
I’m the dandy highwayman who you’re too scared to mention
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