Leo en la prensa que hay una empresa británica dispuesta a pagar más de cien mil euros a la persona que ceda los derechos de su rostro para crear un robot que sería su viva imagen. Me sorprendo sobre todo por la cifra, porque a estas alturas uno pensaba que un rostro no valía nada. Veo por la calle a esas personas que en tres minutos se han hecho diez selfies, y entonces me pregunto lo devaluado que tiene que estar en su mente –y no digamos para los demás– su rostro, esa maravilla natural que es privilegio de originalidad.

En esto de las fiebres tecnológicas y narcisistas disculpo solamente a los adolescentes, porque no saben lo que hacen, y porque transitan la edad de equivocarse, de mirarse, de explorarse a sí mismos y a los otros. Una de las misiones de la adolescencia es culminar la topografía completa de ti mismo y del que está a tu lado. Pero llegada cierta edad pienso que debes dar tu rostro por explorado, tu cuerpo por conocido, tu imagen por amortizada. Quererse de verdad, como un adulto debe hacerlo, es mimar tu cuerpo y tu cara, pero no porque dispongas de mil instantáneas que te los muestran sino porque cierras los ojos y te ves, y también contemplas con el pensamiento a quien amas; tus párpados tienen tatuado en su interior el rostro de las personas que de verdad te importan.

Sigo sorprendiéndome por el culto a la foto de uno mismo que nos invade, y cuando me cruzo con un selfista pienso que la tecnología ha devaluado nuestro rostro, de manera que no vale los cien mil euros que una empresa llamada Geomiq está dispuesta a pagar. Siento vergüenza ajena cuando veo a ese señor o señora que todos tenemos en mente haciéndose un selfie cada diez pasos, y posando con los labios hacia fuera. Porque todos sabemos, además, que los labios que amenazan a la cámara no son un beso a los que quieres, sino un beso a ti mismo, privado, egoísta, un ósculo de Narciso que ve su rostro reflejado en las aguas del cristal del objetivo.

Cuando tenía quince años, mis amigos y yo idolatrábamos a un grupo americano llamado Stray Cats. Encontrar imágenes de ellos en la España de los años 80 era muy complicado, una tarea de auténtica arqueología. Solamente teníamos una nueva instantánea de ellos cuando sacaban disco nuevo –cada dos años más o menos– o cuando alguna de esas gloriosas revistas musicales de la época (Ruta 65, RockdeLux) se acordaba de ellos y les dedicaba un reportaje. De resultas de esto, mis amigos y yo contábamos con menos de diez fotografías de nuestros ídolos, de manera que cada imagen tenía el valor de una Biblia. Escrutando cada punto del offset con nuestros ojos voraces, imitábamos después cada detalle de su ropa, de su peinado, de sus miradas. La sobreabundancia actual de imágenes de nuestros fetiches probablemente provoque el efecto contrario. Tener a tu disposición cientos, miles de fotografías de tus ídolos, como ocurre ahora, supone tenerlos tan cerca que casi no te apetece mirarlos, como nunca llegas a fijarte en qué lleva puesto el vecino del quinto.

Lo último que esperaba de este siglo XXI es que comerciáramos con los rostros, y sin embargo ahí están Facebook y todos los demás gigantes de la tecnología a la carrera de robarnos la fisonomía para venderla al mejor postor. No tengo ni idea de cuánto valdrá ahora mismo mi cara del lunes, o los ojos que pongo cuando redacto una columna, pero estoy seguro de que hay alguien agazapado en un rincón oscuro del muy luminoso Silicon Valley que ya lo ha calculado.

Fue Antonio Gamoneda quien escribió aquello de “Vienen rostros sin proyectar sombra ni hacer crujir la sencillez del aire”, pero es que antes los poetas salían con estos versos en los que un rostro valía un imperio. Según la sociedad contemporánea trata a nuestra imagen, como si fuera carne de ternera que tiene un peso y un precio, prefiero quedarme con el pesimismo de  Carlos Eymar cuando escribe que “Lavar el rostro es como limpiar las tumbas a principios de abril”.

Nadie se libra de la devaluación de los rostros. Tengo tantas fotos propias del último año como del resto de mi vida, y la cuenta viene tan exponencial que llegará el momento en el que cada gesto que hagamos quedará registrado, con un informático de la China más oscura frotándose las manos porque hemos arqueado las cejas. Leo Homo Deus, el magnífico libro de Yuval Noah Harari, y me entero de que mi temor es muy real, cuando el autor nos cuenta que algunos móviles ya espían tu semblante para que la empresa que hay al otro lado detecte qué contenidos te emocionan y cuáles no. Si sonríes ante un meme de gatitos, te enviarán más gatitos. Si te brillan los colmillos cuando ves a unos jóvenes que pegan una paliza, tendrás otro vídeo igual de zafio en tu bandeja de entrada. De esta forma, nuestros rostros se han convertido en una especie de sala de máquinas de la libido, un hecho para el que no sé si estamos preparados.

Quisiera preguntarles,  lectores, cuánto creen que vale su rostro. Cuál es el valor real de su imagen ante el espejo. Y que me digan, con total sinceridad, si piensan que deberían pagarles más de cien mil euros.

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