Los objetos cuentan historias y el fotógrafo lo sabe. Sus reiteradas incursiones en la realidad cotidiana demuestran el interés por descubrir las relaciones inesperadas que objetos ordinarios pueden desatar si se presentan en un contexto figurativo distinto al habitual. El fotógrafo, poseedor de una mirada privilegiada, se encarga de descubrir y proporcionar «hallazgos narrativos», «escenas merecedoras de ser contadas» al espectador. Esta es la tesis que se presentó en el anterior artículo de introducción a la serie dedicada al poder narrativo de los objetos.

Dentro de esta reflexión sobre cómo un objeto de uso cotidiano pueda provocar un debate estético o simbólico acerca de su manifestación en la imagen fotográfica, los espejos serán los encargados de inaugurar esta segunda entrega.

La vida del ser humano está marcada por una infinidad de reflejos. Los más significativos los recibe en la infancia cuando la madre lo mira por primera vez siendo un recién nacido y, posteriormente, cuando el niño escudriña su imagen reflejada en el espejo en el intento de reconocerse. Este proceso de búsqueda y confirmación de una identidad define la relación que luego tendrá el adulto con la superficie reflectora. En su uso tradicional el espejo se presenta entonces como el espacio en el que el hombre busca una confirmación de sí, una imagen reconfortante de su cuerpo que le diga: «Este eres tú».

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Alfred Eisenstaedt, Model Looking into the Mirror of Fashion Designer Molineux, Paris, 1934 || Fuente: Artnet

Espejos que deforman y fragmentan

Sin embargo, hay espejos que devuelven imágenes siniestras, confusas, deformadas que ponen en contradicho el axioma según el cual el espejo siempre dice la verdad. Las Distorsiones de André Kertész o algunas fotos de Weegee demuestran cómo el reflejo alterado permite jugar con la noción de verdad e identidad. Lejos de ser un obstáculo, el artificio de la alteración brinda una ocasión de juego con la realidad que a veces incluso desemboca en ironía como en las fotos de René Maltête.

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André Kertész, Distortion#51, 1933 (izq.); René Maltete, Boucher (der.) || Fuentes: The Met / Cultura Inquieta

El caso más extremo de juego con la realidad se da cuando el espejo se convierte en sustituto de una parte del cuerpo. De esta manera, fotógrafos como Herbert List o Keith Arnatt fragmentan el cuerpo mediante el artificio del espejo o sustituyen partes del mismo por la superficie reflectora creando la ilusión de desmontaje de la figura humana.

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Herbert List, Spirit of Lycabettus, 1937 (izq.); Keith Arnatt, Phoenix in the mirror, 1968 (der.) || Fuentes: Magnum Photo / Keitharnatt.com

Espejos inesperados

De esa infinidad de reflejos que marcan la vida del ser humano hay otros que pasarían desapercibidos si no fuera por la mirada atenta del fotógrafo que, ante todo, demuestra que cualquier superficie reflectora es susceptible de convertirse en un espejo. Se asiste entonces a la proliferación de ventanas, vitrinas y escaparates que no solo dejan ver lo que queda detrás del cristal, sino que incluyen al sujeto que en él se refleja. En este sentido, el espejo-cristal se convierte en un dispositivo de superposición de elementos figurativos que pertenecen a planos distintos.

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Bruce Gilden, Funeral reflection, Port-au-Prince, 1992 (izq.); Patrick Zachmann, Reflejos en la ventanilla de un tren a alta velocidad, France, 1994 (der.) || Fuente: Magnum Photo

El espejo funciona como una prótesis de la mirada capaz de incluir en la imagen referentes que se encuentran fuera de campo. De este uso nacen fotografías célebres como las de Elliott Erwitt o Gianni Berengo Gardin que aprovechan este recurso para que la narración visual no sea previsible, sino presentada como un hallazgo, algo inesperado.

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Elliott Erwitt, Kiss, California, 1955 (izq.); Gianni Berengo Gardin, Venecia en Vaporetto, 1960 (der.) || Fuentes: Magnum Photo / Artribune

Los espejos de la vida cotidiana sorprenden por su naturaleza cambiante. Otras veces no es la superficie sólida de los cristales, sino la maleable e inestable del agua que refleja la realidad. Las tomas de algunos fotógrafos obligan el espectador a rectificar sus expectativas y aceptar la multiplicación de lo real en visiones caleidoscópicas y a mise en abyme improbables.

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Gueorgui Pinkhassov, Russia, Moscù, 2001 (izq.); Diego Bardone, Faceless, an ode to privacy laws (der.) || Fuentes: Magnum Photo / diegobardone.com

En esa imprevisibilidad de la visión, en esa sorpresa por encontrar espejos ahí donde uno no se lo espera se basa el dinamismo narrativo de la imagen fotográfica. La dualidad entre lo que el espectador espera de la realidad y la habilidad del fotógrafo para captar el detalle minucioso, el reflejo escondido y casi imperceptible funda la historia merecedora de ser contada.

Los espejos, en todas sus formas, muestran su ductilidad. No quedan relegados a mera función de prótesis, sino que se ofrecen al fotógrafo como dispositivos de manipulación de lo visible. Y dentro de este gran contenedor de lo visible, la historia que quieren contar es que la realidad no responde a una única perspectiva, no se presenta como ya dada y sujeta a una interpretación universal. El espejo obliga a considerar lo que se ve desde su prisma de infinitas posibilidades. En suma, el espejo induce a pensar que nada es lo que parece.

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André Kertész, Fortune Teller, 1930 (izq.); Diego Bardone, Liam Wilson (der.) || Fuentes: SFMOMA / diegobardone.com

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